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viernes, 30 de junio de 2017

Niña en la playa

Mi infancia son recuerdos de una playa del Atlántico, luz del Sur de Andalucía, kilómetros de arena dorada, olas para delsizarme, cristales pulidos en la orilla, una muralla llamada Cortadura y gaviotas al atardecer.
Esos veranos largos y perezosos se marcharon para siempre dejando un poso de nostalgia en mis ensoñaciones nocturnas, que los mantienen vivos a través de los años y las estaciones.
Sueño con la arena mojada sobre mi cuerpo infantil, con mis manos rechazando las algas los días de poniente, con los picotazos de la arena seca los días de levante, con los cánticos rudos de los vendedores ambulantes, con la pesadez de las tardes eternas al sol.
Mi infancia es un playa larga y dorada que nunca termino de recorrer y un mar verdoso en el que siempre anhelo sumergirme. Un paraíso perdido que jamás volveré a visitar, que pervive en mi memoria y que me dolerá siempre que pise una playa aunque sea la misma.
Quiero ser esa niña renegrida excavando en la arena y corriendo entre las olas, quiero ser ella por siempre jamás y no ser una adulta nunca más.

Sorolla, 1905


miércoles, 16 de marzo de 2016

Recuerdos de un patio de Sevilla











Retrato

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, 
y un huerto claro donde madura el limonero; 
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; 
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido 
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—, 
más recibí la flecha que me asignó Cupido, 
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, 
pero mi verso brota de manantial sereno; 
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, 
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética 
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; 
mas no amo los afeites de la actual cosmética, 
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos 
y el coro de los grillos que cantan a la luna. 
A distinguir me paro las voces de los ecos, 
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera 
mi verso, como deja el capitán su espada: 
famosa por la mano viril que la blandiera, 
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo 
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—; 
mi soliloquio es plática con ese buen amigo 
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. 
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago 
el traje que me cubre y la mansión que habito, 
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Cuando llegue el día del último vïaje, 
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, 
me encontraréis a bordo ligero de equipaje, 
casi desnudo, como los hijos de la mar.
Antonio Machado, 1906