Silencio, ¿dónde llevas
tu cristal empañado de risas, de palabras y sollozos del árbol? ¿Cómo limpias, silencio, el rocío del canto y las manchas sonoras que los mares lejanos dejan sobre la albura serena de tu manto? ¿Quién cierra tus heridas cuando sobre los campos alguna vieja noria clava su lento dardo en tu cristal inmenso? ¿Dónde vas si al ocaso te hieren las campanas y quiebran tu remanso las bandadas de coplas y el gran rumor dorado que cae sobre los montes azules sollozando?
El aire del invierno
hace tu azul pedazos, y troncha tus florestas el lamentar callado de alguna fuente fría. Donde posas tus manos, la espina de la risa o el caluroso hachazo de la pasión encuentras. Si te vas a los astros, el zumbido solemne de los azules pájaros quiebra el gran equilibrio de tu escondido cráneo.
Huyendo del sonido
eres sonido mismo, espectro de armonía, humo de grito y canto. Vienes para decirnos en las noches oscuras la palabra infinita sin aliento y sin labios.
Taladrado de estrellas
y maduro de música, ¿dónde llevas, silencio, tu dolor extrahumano, dolor de estar cautivo en la araña melódica, ciego ya para siempre tu manantial sagrado?
Hoy arrastran tus ondas
turbias de pensamiento la ceniza sonora y el dolor del antaño. Los ecos de los gritos que por siempre se fueron. El estruendo remoto del mar, momificado.
Si Jehová se ha dormido
sube al trono brillante, quiébrale en su cabeza un lucero apagado, y acaba seriamente con la música eterna, la armonía sonora de luz, y mientras tanto, vuelve a tu manantial, donde en la noche eterna, antes que Dios y el tiempo, manabas sosegado. |
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martes, 5 de diciembre de 2017
Elegía del silencio
martes, 29 de marzo de 2016
Al silencio
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
Gonzalo Rojas
En uno de los países más ruidosos del mundo yo también canto al silencio, lo añoro, lo busco.
Me duelen los gritos, me desgarran las meninges los decibelios derrochados con desenfreno, me entristecen las carcajadas alcoholizadas de las calles que vienen a turbar mi sueño, me sobresaltan el corazón las voces elevadas con desconsideración de quienes no se paran a pensar en las almas que anhelan sumergirse en el silencio profundo de sus propias reflexiones y en el silencio alegre y bullicioso del cantar de los pájaros y del correr del viento.
Ruidosos del mundo, yo os condenaría al infierno del ruido eterno.
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