miércoles, 7 de agosto de 2019

Burnout y la enfermedad de la idealidad.



Desarrollos teóricos han definido a la sociedad actual como sociedad del cansancio, sociedad del Burnout, sociedad de la transparencia (Han, 2015). En esta línea de pensamiento se ha conceptualizado al Síndrome de Burnout como una de las patologías más relevantes de nuestra época. Desde una lectura antropológica se ha identificado al sufrimiento causado por la falta de sentido existencial (Frankl, 1995), como construcciones intra e intersubjetivos de proyectos de vida vaciados de realización de valores (Pérez Jáuregui, 1998, 2015), en los cuales el Síndrome de Burnout implica ese vaciamiento de sentido por sobreadaptación laboral y una posición de enrolamiento enajenante en la relación con el trabajo.



El Burnout puede definirse como «una respuesta a un estrés emocional crónico cuyos rasgos principales son el agotamiento físico y psicológico (emocional), una actitud fría y despersonalizada en la relación con los demás (pacientes) y un sentimiento de inadecuación a las tareas que se han de desarrollar (reducción del sentido de realización personal). (Maslach y Jackson, 1982)

El síndrome del trabajador quemado (burnout) figurará en la próxima Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un problema asociado al empleo o al desempleo. Este trastorno, asociado al estrés crónico en el trabajo, ya estaba en la anterior edición del catálogo (de 1990), pero en un epígrafe más inconcreto (problemas relacionados con dificultad en el control de la vida).



El síndrome de desgaste profesional también es referido como síndrome de desgaste ocupacional (SDO), síndrome del trabajador desgastadosíndrome del trabajador consumidosíndrome de quemarse por el trabajosíndrome de la cabeza quemada, y coloquialmente síndrome del profesional quemadosíndrome del quemado y síndrome del trabajador quemado. En francés es conocido como surmenage (estrés), pero es una construcción de la que se pueden desprender un sinnúmero de definiciones por lo que es posible indicar la inexistencia de una única conceptualización y que han incidido también en la aparición de diferentes modelos explicativos
Este síndrome fue descrito por primera vez en 1969 por H.B. Bradley como metáfora de un fenómeno psicosocial presente en oficiales de policía de libertad condicional, utilizando el término staff burnoutPosteriormente en el año de 1974 Freudenberger propone un concepto centrado en un estudio netamente organizacional. En el año de 1980, Freudenberger amplía su teoría y conceptualización agregando que estos sentimientos se deben a cargas irracionales de trabajo que ellos mismos o quienes los rodean les imponen. Para este mismo año aparece Cherniss quien lo conceptualiza como un proceso y propone 3 momentos, uno asociado a un desequilibrio entre la carga laboral y las posibilidades del sujeto de responder de forma óptima a esta, un segundo momento que habla de la presencia de una respuesta emocional negativa fuerte y un último momento que propone un cambio conductual y actitudinal en el que se sumerge el sujeto. Contemporánea a esta propuesta surge la de Edelwich y Brodsky, quienes lo relacionan más a una pérdida progresiva de la energía, motivación e ideal asociada a las profesiones de ayuda a su cargo y proponen también fases progresivas, entusiasmo, estancamiento, frustración y apatía.



Por otro lado, en el año 1976 la psicóloga social Christina Maslach lo presenta ante un congreso de la Asociación Estadounidense de Psicología definiéndolo como un síndrome tridimensional que consideraba como dimensiones de análisis a los siguientes constructos: agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal, y que ocurriría entre sujetos que trabajan en contacto directo con clientes o pacientes.
En general los más vulnerables a padecer el síndrome son aquellos profesionales en los que se observa la existencia de interacciones humanas trabajador-cliente de carácter intenso o duradero. El síndrome de desgaste profesional es muy frecuente en personal sanitario (médicos, enfermeras/os, farmacéuticos, odontólogos, nutricionistas, psicólogas/os, terapeutas ocupacionales, trabajadores sociales, terapeutas familiares y consejeros matrimoniales, así como personal administrativo)​ y docente.
Lo principal es un fuerte sentimiento de impotencia, ya que desde el momento de levantarse ya se siente cansado. El trabajo no tiene fin y, a pesar de que se hace todo para cumplir con los compromisos, el trabajo nunca se termina. La persona que lo padece se vuelve anhedónica, es decir, que lo que anteriormente era motivo de alegría ahora no lo es, en otras palabras, pierde la capacidad de disfrutar. Aun cuando se tiene tiempo, se siente siempre estresado. A diferencia de lo que ocurría al principio, el trabajo ya no produce incentivos para la persona afectada con desgaste profesional. Visto por otras personas, aparenta sensibilidad, depresión e insatisfacción.



En general se proponen cuatro fases por las cuales pasa un individuo que atraviesa el Burnout: a) Etapa de idealismo y entusiasmo: La persona que presta ayuda posee un alto nivel de energía para el trabajo que se traduce en expectativas poco realistas. Hay una hipervalorización de su capacidad profesional que le lleva a no reconocer los límites internos y externos, algo que puede repercutir en sus tareas profesionales. Al no poder cumplir con sus expectativas aparece un sentimiento de desilusión; b) Etapa de estancamiento: La persona constata la irrealidad de sus expectativas, comienza una etapa de disminución de las actividades que venía desempeñando, pérdida del idealismo y del entusiasmo, comienza a reconocer que necesita algunos cambios en su vida y especialmente en el ámbito profesional; c) Etapa de apatía: Esta frustración de sus expectativas lleva a la persona a una paralización de sus actividades, desarrollando apatía y falta de interés. Es la fase central del Síndrome de Burnout donde empiezan a surgir los problemas emocionales, conductuales y físicos. Una de las respuestas características a este problema es ir tomando distancia, tratando de retirarse de la situación frustrante, intentos por evitar a los compañeros, ausencias al trabajo y, en casos muy extremos, abandono del mismo; d) Etapa de distanciamiento: Se presenta una inversión del tiempo de dedicación al trabajo con relación a la primera etapa. La persona se siente muy frustrada en su trabajo, siente un gran vacío que se puede manifestar en forma de un alejamiento emocional y una gran desvalorización profesional. Lo que en un principio era todo entusiasmo e idealismo ahora la persona pasa a evitar los desafíos, trata de no arriesgar la seguridad que le proporciona el trabajo porque aunque no se siente motivado necesita la compensación económica, pero, inevitablemente, va entrando en una espiral de dificultades que lo llevan a alejarse más aún.



Desde un punto de vista psicoanalítico es fundamental hablar del "ideal del yo" para comprender el burnout. Freud no otorga un sentido unívoco al concepto de “ideal del yo”. En Introducción al narcisismo (1914), el término “ideal del yo” aparece para designar una formación intrapsíquica relativamente autónoma cuyo origen es principalmente narcisista: “Lo que el hombre proyecta ante sí como su ideal es el sustitutivo del narcisismo perdido de su infancia; en aquél entonces él mismo era su propio ideal”. Freud compara este estado narcisista con un verdadero delirio de grandeza y es abandonado a causa de la crítica que ejercen los padres sobre el niño. En su texto de 1914 Freud nos orienta a comprender la evolución humana en términos de la nostalgia por la pérdida del paraíso y dice: “El desarrollo del yo consiste en un distanciamiento respecto del narcisismo primario y engendra una intensa aspiración a recobrarlo”; completa la idea aclarando que este distanciamiento ocurre por medio del desplazamiento de la libido a un “ideal del yo”. En El yo y el Ello (Freud, 1923) aparece por primera vez el término “superyó”, considerado como sinónimo de “ideal del yo”. En las Nuevas lecciones de introducción al psicoanálisis, Freud (1932) realiza una nueva distinción en el superyó como estructura global que involucra tres funciones: “autoobservación, conciencia moral y función de ideal”. Freud ilustra la distinción entre estas dos últimas funciones o sea la conciencia moral y la función de ideal, estableciendo la diferencia entre el sentimiento de culpa y el sentimiento de inferioridad. Estos dos sentimientos (culpa e inferioridad) son el resultado de una tensa relación entre el yo y el superyó: la culpa guarda relación con la conciencia moral y el sentimiento de inferioridad con el “ideal del yo” en tanto es amado más que temido.
Freud da a entender que “si el hombre se afana sin descanso en la búsqueda de la perfección perdida, jamás podrá alcanzarla verdaderamente”; es lo que Chasseguet-Smirgel da en llamar la enfermedad de la idealidad universalmente difundida.
Este concepto de la enfermedad de la idealidad, llevado a la vida práctica, fue retomado por los autores de El coste de la excelencia (Aubert y Gaulejac, 1993) para describir la dinámica de un tipo de enfermedad que afecta a personas que alimentan un ideal elevado del yo y que han puesto todo su empeño en alcanzar ese ideal. La mayoría de los que terminan siendo víctimas de esta nueva manera de enfermar, son personas que han trabajado enérgicamente para alcanzar un objetivo, su horario está completo de actividades, siempre darán más de sí que lo que les corresponde, son líderes que no admiten que puedan tener límites y que se queman a fuerza de exigirse demasiado. De hecho, dicen los autores, si esta enfermedad alcanza a cierta categoría de personas es porque se trata específicamente de la enfermedad de la idealidad. Los individuos que poseen un elevado “ideal del yo” con frecuencia han forjado ese ideal en la infancia, a veces a instancias de los padres que han impulsado al niño a superarse a sí mismo para ajustarse a una imagen ideal, posiblemente ideal para estos padres. Pero la presión que empuja al sujeto a “convertirse en otro” puede tener un origen interno, desencadenado por la admiración sentida por tal o cual persona o tal o cual estilo de vida idealizado.

Muchas veces, ayudar a otro o trabajar con relación a cuidados es un intento de reparar ciertas “heridas” personales. En este tipo de actividad, se pone en juego el equilibrio narcisista del sujeto que conforma el equipo de salud. Existe una constante exposición a la tensión tanto libidinal como agresiva de los pacientes que, debido a su fragilidad, cuestionan todo o casi todo produciendo en el personal de blanco importantes frustraciones que lo alejan del “ideal de saber todo” o, en todo caso, en la suspensión de la idea de “poder con todo”. Poseer una conformación psíquica narcisista le exige, casi continuamente, estar ubicado en el lugar del “ideal”.
Por lo tanto y para finalizar, una persona que trabaje con pacientes con elevado ideal del yo y con gran motivación, es proclive a padecer Burnout y, como hemos visto, cada persona que lo sufre está pagando un alto precio por su salud personal, también la de los pacientes, sus familiares o la institución para la que trabaja. En estas circunstancias, termina por pensar que aislar sus emociones y proporcionar un cuidado frío y mecánico al paciente, es todo lo que puede dar de sí, es cuando se da el proceso de quemadura interna llamada “enfermedad de la idealidad”.



‘La enfermedad de la idealidad’(N. y Gauleja, 1991) refinan la concepción del burnout y lo consideran una fruto de un enganche maligno entre el funcionamiento psíquico individual y el funcionamiento de las instituciones-organizaciones. Es decir, no acentúan la influencia de las víctimas en la aparición de la enfermedad sino apuntan al funcionamiento de las instituciones.”
Tomando esta definición podemos pensar en la relación entre el psiquismo individual, portador de su sistema de ideales, y la modalidad de las instituciones en las que se producen determinados abordajes profesionales.
Podemos considerar que cierto aspecto del ideal está logrado, por ejemplo: cuando un profesional –que trabaja apuntando a proveer alternativas de resolución a una problemática social determinada- es reconocido por su desempeño, efectuado con seriedad y capacidad, y tiene una remuneración acorde; así, lo deseado, ideal, y lo obtenido, real, podrían no entrar en tensión.
Por el contrario, cuando esto no se logra, o se logra sólo una pequeña parte, pensemos cómo puede sentirse el profesional ante la fuerte tensión entre lo deseado y la realidad de su quehacer profesional diario. Es el caso del profesional que trabaja seriamente en lo suyo, sin obtener reconocimiento institucional ni económico, en un clima laboral que produce un continuo desgaste ya sea por la falta de un espacio adecuado para trabajar cómodamente, por mala relación al interior del equipo, o por continuas presiones institucionales.





miércoles, 24 de julio de 2019

Casta diva

Casta Diva, che inargenti
queste sacre antiche piante,
a noi volgi il bel sembiante
senza nube e senza vel...
Tempra, o Diva,
tempra tu de’ cori ardenti
tempra ancora lo zelo audace,
spargi in terra quella pace
che regnar tu fai nel ciel...
Fine al rito: e il sacro bosco
Sia disgombro dai profani.
Quando il Nume irato e fosco,
Chiegga il sangue dei Romani,
Dal Druidico delubro
La mia voce tuonerà.
Cadrà; punirlo io posso.
(Ma, punirlo, il cor non sa.
Ah! bello a me ritorna
Del fido amor primiero;
E contro il mondo intiero...
Difesa a te sarò.



¡Casta Diva, que plateas
estas sacras antiguas plantas,
a nosotros vuelve el bello semblante
sin nube y sin velo!
Templa, oh, Diva
templa estos corazones ardientes,
templa de nuevo el celo audaz,
Esparce en la tierra esa paz
que reinar haces en el cielo.
Fin al rito, y el sacro bosque
sea limpiado de los profanos.
Cuando el numen airado y hosco
exija la sangre de los romanos
desde el druídico santuario
mi voz tronará.
Caerá, castigarlo puedo
(Mas castigarlo el corazón no sabe.
¡Ah! bello a mí retorna
del fidedigno amor primero,
y contra el mundo entero
defensa para ti seré.

Casta Diva es la principal aria de la ópera "Norma" de Vincenzo Bellini, en la que su protagonista Norma, druidesa gala, dirige una plegaria a la Luna. El libretto es de Felice Romani. Norma es una de las cumbres del bel canto romántico y uno de los papeles más difíciles de todo el repertorio lírico. El aria de la invocación a la Luna Casta Diva se sucede inmediatamente después de la entrada de la sacerdotisa druida Norma en el primer acto, cuando corta una rama de muérdago como ofrenda. 



Los druidas comenzaron a figurar de manera importante en la cultura popular con la primera llegada del Romanticismo. La novela Les Martyris (1809) de Chateaubriand, narra el amor fallido entre una sacerdotisa druida y un soldado romano; aunque la idea de Chateaubriand era el triunfo del cristianismo sobre los druidas paganos, la temática continuó dando frutos. En 1817 Giovanni Pacini llevó al escenario a los druidas en la ciudad de Trieste con una ópera acerca de una druidesa, La Sacerdotessa d'Irminsul cuyo libreto fue elaborado por Felice Romani. Para su libreto, Romani reutilizó algunos de los trasfondos pseudodruídicos para dar color al clásico conflicto teatral entre el amor y el deber que se refleja en la ópera "Norma". 
Las druidesas participaban de la consideración que se tenía de sus maridos druidas y se involucraban como ellos no solamente en los negocios políticos sino también en los asuntos de religión. Había templos en las Galias (donde transcurre "Norma") donde estaba prohibida la entrada a los hombres, siendo las druidesas las que ordenaban y arreglaban todo lo concerniente a los sacrificios y demás ceremonias religiosas. Disfrutaban sobre todo de la reputación de grandes adivinas y a pesar de que los druidas se mezclaban en augurios algunas veces, habían casi enteramente abandonado esta práctica a sus mujeres.

En la tradición celta, la existencia de mujeres druidas es explícita. Aparecen referencias a las Bandruaid, mujeres druidas, y aún más frecuentemente a Banfhlaith o Banfhilid. Según Seathrún Céithn, las vírgenes guardianas de los fuegos existieron en Irlanda hasta que fueron reemplazadas por las religiosas cristianas. Muchas druidesas aparecen de manera individual en las epopeyas Irlandesas. Además de las druidesas mujeres de los druidas, había algunas de ellas que vivían en el celibato, tales eran las vestales de los galos y otras que aunque casadas vivían religiosamente en los templos que servían, excepto un día del año que les era permitido juntarse con su marido. Una tercera clase estaba destinada a servir a las otras. Su principal empleo consistía en consultar los astros, sacar los horóscopos, y predecir lo futuro, comúnmente por la inspección de las entrañas de las víctimas humanas que ellas mismas degollaban.

Tácito menciona que en la Isla de Mona las mujeres corrían entre los guerreros, llevando vestidos funerarios, el pelo suelto y portando antorchas, mientras alrededor los druidas pronunciaban conjuros con las manos levantadas. Tácito no dice que esas mujeres fuesen druidesas, pero más adelante menciona una "profetisa" de los Bucteros, llamada Veleda, en tiempos de Vespasiano.
Pomponio Mela, en "De Chorographia" menciona a nueve Sacerdotisas vírgenes de la Isla de Sena, en Armórica, que conocían el futuro y emitian oráculos a los marineros, y que eran llamadas Gallicenae. Estrabón pone énfasis en el hecho de que las Gallicenae o Sacerdotisas Galas eran muy independientes de sus maridos, confirmando la existencia del matrimonio dentro del Sacerdocio. 

También conocemos la historia de Eponina, posible Sacerdotisa de Epona, casada con Julio Sabino, que tomo parte en la insurrección Gala del 69 d.c. Cuando fracasó, Julio Sabino se mantuvo escondido durante nueve años tras simular su suicidio. Eponina cuidó de él e incluso intentó obtener el perdón de Roma para su marido. Cuando Sabino fue capturado, él y Eponina fueron ejecutados por el Emperador Vespasiano. En esta historia parece basarse al menos en parte el libretto de "Norma".

A diferencia de las mujeres Griegas – consideradas un bien heredable – o las Romanas – controladas absolutamente por su padre o tutor, su esposo o su hijo, aunque con mayor libertad de movimiento que las mujeres Griegas -, la mujer Celta podía llegar a tener la máxima autoridad.

Morgana, considerada una druidesa.


Debe reconocerse que los druidas, como representantes de los conceptos religiosos y filosofía precristiana, reconocían la importancia del papel de las mujeres, así como el de la “Diosa Madre” suprema, símbolo del Conocimiento y la Libertad, sostén moral de la sociedad. No es extraño pues, que en las sagas Irlandesas la soberanía esté reflejada por una mujer. La unión entre el Rey y la Diosa era esencial. Se dice que las tribus del Norte de Britania, los Pictos, tenían sucesión matrilineal en su monarquía. La lista de reyes Escoceses e Irlandeses dicen descender de una mujer llamada Scota, de la cual existen dos tradiciones: en una Scota es hija de un faraón egipcio llamado Cingris, esposa de Niul, un sabio maestro y druida, que fue invitado a establecerse en Egipto. Otra tradición dice que Scota es la hija del faraón Nectanebo, y que se casó con Míl. Murió luchando contra los Dé Danaan y fue enterrada en Scota´s Glen. El nombre de Irlanda, Eire, es el de una Diosa Triple; sus hermanas eran Banba y Fótla. Cada Diosa pide a los Milesios que las recordasen bautizando la Isla con su nombre. Banba y Fotla fueron utilizados a menudo en poesía, como sinónimos de Irlanda, pero el  druida Amairgen prometió a la Diosa Eire que los hijos de Gael usarían su nombre como el principal del país. Así el país fue llamado Eire.
A partir de que el cristianismo se impone en todo el territorio de influencia celta, la mujer pierde el estatus del que disfrutaba, pasando a ser (según la nueva mentalidad cristiana) “un diablo tentador, cuyo único fin es arrastrar al hombre a las llamas del infierno”, y equiparando a las druidesas con la brujería.
Artemisa, diosa de la Luna, asimilada a los ritos celtas por historiadores romanos.

https://dunailline.org/2014/12/28/la-mujer-en-la-cultura-celta/
http://runamagica.blogspot.com/2011/07/druidesas.html
wikipedia

viernes, 5 de julio de 2019

No hay amigos

Originariamente, en los tiempos homéricos, el término philía, que heredamos como amistad, se refiere al modelo de relaciones familiares, consanguíneas, era el lazo que unía a padres e hijos, esposos y hermanos entre sí, y, por extensión a camaradas de armas. La palabra philós tiene valor posesivo y designa lo que es suyo, para cada uno su pariente próximo. Predomina el sentido jurídico del término. Y este sentido alcanza todavía la época de Aristóteles, que considera que la philía se sostiene en una especie de identidad entre los miembros de la familia restringida y que, por otra parte, hace de él un concepto político. 


En el capítulo 4 del libro IX de la Ética a Nicómaco, Aristóteles afirma que la amistad (philia) deriva del amor de sí (philautia). En efecto, todas las definiciones que pueden darse de la amistad — aquel a quien se hace bien, se desea una vida prolongada, con quien se comparten alegrías y tristezas, etc.— dependen de la relación que cada uno tenga consigo mismo. He aquí el núcleo de la relación especular con el semejante. Lacan permite extraer una conclusión respecto de la relación con el prójimo a partir de la relación especular: “desear el bien de alguien quiere decir […] someterlo”. Por esta vía, el amor en que se funda la amistad lleva, finalmente, a la guerra con el otro. Se trata, entonces, del amor basado en el narcisismo y en el reconocimiento, donde la falta de este último introduce la discordia. 



La amistad pasa por el reconocimiento de la extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino sólo hablarles, no hacer un tema de conversación, sino el movimiento del convenio de que, hablándonos, reservan, incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual lo que separa se convierte en relación. 

Poco a poco fue adquiriendo una connotación afectiva y psicológica que definía al amigo como al “amable”, ya que sólo se ama lo que es digno de ser amado. 
Con las grandes migraciones empezó a plantearse a los helenos la cuestión del extranjero, el xenos, y en consecuencia la institución de la hospitalidad. El ajeno, que no habla nuestra lengua, comparte sin embargo nuestra casa, nuestro alimento ¿Es entonces un philós o un xenos? Ya el amigo no será sólo de la familia, sino que el philós alberga al extranjero.

El éros, en cambio, se refiere al deseo amoroso dirigido a “otro” distinto a uno mismo. El comercio sexual une opuestos, no semejantes. No tiene función de posesivo sino de dirección.
Las oposiciones socráticas no explican la amistad. La clave no está ni en el agente ni en el objeto, ni en la semejanza ni la diferencia, ni en el bien ni en el mal. Ambos términos de las oposiciones actúan simultáneamente y de modo no recíproco, la asimetría es manifiesta en la amistad, por más que la reciprocidad es una línea directriz de la mayéutica socrática (el que no paga amistad con amistad no es amigo de la persona que le ama). Conclusión: la amistad es una acción y no una categoría ontológica. 

En Aristóteles la amistad es una categoría ya no tan sólo jurídica o afectiva, sino pertinente al campo de la ética y la política. La rígida lógica clasificatoria aristotélica  afirma que la amistad crece entre iguales, es una forma de la igualdad. La amistad perfecta es la de los hombres de bien y semejantes en virtud. En la Ética a Nicómaco es el amor propio el que se transfiere al amigo, que, como espejo, refleja al propio yo. Y como la virtud es un estado siempre a alcanzar, esta especularidad está regida por el ideal del yo. La amistad se da entre semejantes, pero no idénticos, ya que siempre uno encarna retazos del ideal del yo del otro. Se introduce por la ventana una concepción de un sujeto dividido en el vínculo de amistad.
Sin embargo hay un resquicio más fecundo en la idea de que la amistad siempre implica un exceso, razón por la cual sólo es posible tener pocos amigos, si no uno solo. Este exceso está más allá de la reciprocidad y la justicia. 
 “El hombre de bien tiene con su amigo una relación idéntica a la que mantiene consigo mismo.” Esta doctrina de la amistad, basada en el amor de sí, fue retomada en el curso de la Edad Media, especialmente por Tomás de Aquino, 



Si algo ilustra el exceso que Aristóteles pone en juego en la amistad es una frase atribuida a él en sus últimos momentos: “Amigos, no hay amigos”. Así al menos la reproduce Nietzsche, en un pasaje clásico del Zarathustra. Al parecer la cita apócrifa fue mencionada por primera vez por Diógenes Laercio en su “Vida de los filósofos”.
Sobre esta frase supuesta basa Nietzsche su pensamiento sobre la amistad. Su distancia con Aristóteles es máxima. Si para él la amistad es una forma de igualdad, para Nietzsche todo lo contrario. La máxima diferencia, que no debe intentarse reducir, es el fundamento de la amistad. No se trata del amor al prójimo sino al más lejano.
Aristóteles afirmaba que en la comunidad consiste la amistad. Para Nietzsche lo que atrae al amigo es la propia imperfección, es preciso engañarse para amarlo, y saber callar, como acto de indulgencia con el otro y consigo, para conservarlo. Esa es la condición de posibilidad de la amistad, un dispositivo de ficción.  Nietzsche va más allá, se trata del empuje a “vaciarse” en el otro, un don sin aspiración alguna de reciprocidad. Zarathustra es un extranjero, un viajero, que decide retornar al mundo de los hombres, para otorgar y repartir mercedes, traer a los hombres un presente. Pero no limosnas, es decir el excedente, sino que utiliza la metáfora de la copa que desborda, afirmando ...esa copa quiere vaciarse y Zarathustra quiere volver a ser hombre. La locura, la pasión por vaciarse. “El loco viviente” se definirá luego.



Nietzsche subvierte una vez más a Aristóteles, porque mientras para éste la virtud es la meta a alcanzar, para aquél la virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo. Ya no sólo lo que impulsa a la vida sino lo que empuja a la descarga.  En el pasaje “Del amigo” afirma que éste tiene un lugar tercero como mediador y sostén del diálogo vehemente entre “Yo” y “Mí”, que desgarra al sujeto. 
Para el solitario, el amigo es siempre el tercero; y tal tercero es el corcho que impide que el diálogo de los dos llegue al fondo. El tercero, el amigo, es ocasión de una acción que ponga en juego ese caos, que ponga tope al impulso al vaciamiento.
Está en cuestión la identificación, que se confronta con sus propios límites: ¿Qué es por lo demás el rostro de tu amigo? Sin duda es tu propio rostro, en un espejo imperfecto y tosco.

La identidad es pensada en psicoanálisis según la metáfora de la fraternidad: los hermanos iguales entre sí, se reúnen y segregan todo lo diferente por amor al padre. Es en la masa donde el yo y el tú se reúnen en el Uno. 
El eminente neurólogo Oliver Sacks en “Despertares” afirma: “La amistad posee virtudes curativas, y todos somos un poco médicos de los demás: ‘no hallaremos mejor medicamento en nuestra vida que un amigo fiel’ dijo Sir Thomas Browne. Y el mundo es el hospital donde tiene lugar la curación.” 



Saber callar. Una virtud que según Nietzsche define a la amistad. Es el modo de respetar al extranjero que es el amigo y al que albergamos en nosotros. Para él ese silencio domeña el odio, en todo caso lo procesa, ya que la amistad está en tensión entre los polos amor-odio, sin detenerse en ninguno. Y lo que la sostiene es precisamente ese núcleo de intimidad, que preserva al amigo como tercero.
Winnicott, en cambio, piensa en una “conexión silenciosa con los objetos subjetivos”, lo que constituye un enunciado positivo de la función del silencio en la construcción y sentimiento de lo real.
Por el contrario, el callar del amigo no se basa en la desconfianza, sino más bien en la incontrastable certeza de que no todo puede ser dicho, es el silencio que organiza el discurso del inconsciente. Lo intransferible de la experiencia subjetiva, que se hace real en el lazo primario con los otros. Es la capacidad de estar solo –en presencia de otro- que Winnicott situaba en el origen de la construcción de la subjetividad, de la creatividad que define lo propiamente humano.
Saber callar, entonces, constituye una cualidad inherente a la condición de amigo. Quien lo dice todo, o, más bien, quien cree decirlo –ya que todo no puede ser dicho-, carece de un saber hacer con el odio, sentimiento que habita el corazón de la amistad y fácilmente desemboca en la crueldad, un exceso si los hay. Si la amistad es un destino del amor, como tal, también lo es del odio, su reverso en todo vínculo interhumano.


Permitir ser penetrado por esa singularidad radicalmente ajena, resonar con la alteridad del otro, que pone en movimiento nuestra propia ajenidad, es un trabajo que se realiza a través del tiempo. No hay amistad a primera vista, si bien hay acontecimientos de amistad que pueden ser instantáneos.

La amistad es un destino del amor que no alcanza a ser definido ni por la sumisión al superyó o al ideal, ni por la inhibición de las metas sexuales. Ni filial, ni paterno, ni fraterno, al amigo nos une un lazo alejado de la intención de dominio o apropiación del otro y que es ocasión de una realización compartida de deseos.



https://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/affectiosocietatis/article/view/18309

http://letraurbana.com/articulos/acerca-de-la-amistad/
http://consultoriobosch.com.ar/el-gesto-etico-y-politico-de-la-amistad/
http://www.coldepsicoanalistas.com.ar/biblioteca-virtual/leer/?id=11

miércoles, 12 de junio de 2019

No pidas limosna de amores

DIME QUE ME QUIERES
Si tú me pidieras que fuera descalza
pidiendo limosna, descalza yo iría.
Si tú me dijeras que abriese mis venas,
un río de sangre me salpicaría.
Si tú me pidieras que al fuego me echase,
igual que madera me consumiría,
que yo soy tu esclava 
y tú el absoluto señor de mi cuerpo, 
mi sangre y mi vida.
Y a cambio de esto, que bien poco es, 
oye lo que quiero pedirte a mi vez:

Dime que me quieres, ¡dímelo por Dios!
aunque no lo sientas, aunque sea mentira,
pero dímelo.
Dímelo bajito,
te será más fácil decírmelo así,
y el "te quiero" tuyo será "pa" mis penas
lo mismo que lluvia de mayo y abril.
Ten misericordia de mi corazón, 
dime que me quieres, dime que me quieres,
¡dímelo por Dios!

Si no me mirasen tus ojos de almendra,
el pulso en las sienes se me pararía;
si no me besaran tus labios de trigo,
la flor de mi boca se deshojaría.
Si no me abrazasen tus brazos morenos,
por siempre los míos en cruz quedarían, 
y si me dijeras que ya no me quieres...
¡no sé la locura que cometería!
Y es que únicamente yo vivo por ti,
que me das la muerte o me haces vivir.

Y a cambio de esto, que bien poco es, 
oye lo que quiero pedirte a mi vez:
Dime que me quieres, ¡dímelo por Dios!
aunque no lo sientas, aunque sea mentira,
pero dímelo.
Dímelo bajito,
te será más fácil decírmelo así,
y el "te quiero" tuyo será "pa" mis penas
lo mismo que lluvia de mayo y abril.
Ten misericordia de mi corazón, 
dime que me quieres, dime que me quieres,
¡dímelo por Dios!


Quintero,León y Quiroga


Mendigar es "pedir, implorar o pordiosear una limosna de puerta en puerta o también en las calles o en lugares benéficas. Solicitar, instar o requerir el favor de alguien con importunidad, indiscreción, entremetimiento o impertinencia y hasta con desdén o humillación". (RAE)
En principio, con el vocablo latino ‘mendicus’ se nombraba al que padecía un defecto físico, el cual le impedía poder ganarse la vida y, además, movía a la compasión, pasando después a significar el pobre que obtiene por súplica su sustento. Son de la misma familia los términos latinos ‘mendum’ (defecto), ‘emendo’ (corregir, sacar algo de su estado defectuoso, enmendar), e incluso ‘méndax’ (mentiroso), al relacionarse con la idea de vicio o defecto; y también los castellanos mendicante, mendicidad y enmienda.


Para entender la trascendencia que tiene el reconocimiento en el ser humano, vale la pena recordar la jerarquía de necesidades de Abraham Maslow. Así, una vez que la persona tiene cubiertos los tres primeros niveles de la pirámide (fisiológicas, de alimentación y filiación) llega el cuarto nivel. Maslow define este cuarto escalón como la capacidad de sentirnos bien con el propio autoconcepto. Y lo hacemos gracias al modo en el que nos tratan los demás. Si yo percibo que mi entorno más íntimo y cercano me valora, creceré con mayor seguridad reconocimiento para fortalecer mi autoconcepto y mi autoestima.
En todo esto entra el mito del amor romántico, ese amor que se implora, se ruega y se mendiga porque lo puede todo, que se basa en los celos y en el sacrificio y en la ignorancia del otro. Un mito que refuerza la sociedad heteropatriarcal en su afán por unir a las personas en parejas indisolubles y alienarlas del resto.  
Sin embargo el amor en su sentido más amplio es algo que no se puede mendigar, que no se puede forzar. Si alguien te racanea el tiempo, las palabras y el afecto no te quiere. Dicen que no existe la falta de tiempo, que existe la falta de interés, porque cuando la gente realmente quiere, la madrugada se vuelve día, martes se vuelve sábado y un momento se vuelve oportunidad. No esperes a quien no te espera, valórate y deja de mendigar y de rogar amor. Porque, como hemos dicho, el amor se debe demostrar y sentir, pero jamás implorar. 


Fuentes:
wikipedia

viernes, 7 de junio de 2019

El talón de aquiles

Para la mitología griega, Aquiles fue el principal héroe de la Guerra de Troya y el más fuerte, rápido y bello guerrero de la Iliada de Homero. Hijo de Peleo, rey de los Mirmidones en Ftia, y de Tetis, una ninfa marina, Aquiles era considerado invencible, pero no inmortal.
El mito en torno al talón de Aquiles tiene origen en el poema incompleto Aquileida (Achilleis), escrito por Estacio en el siglo I, que contiene una versión del mito del nacimiento de Aquiles que no aparece en otras fuentes. Cuando Aquiles nació, la ninfa Tetis, su madre, intentó hacerlo inmortal sumergiéndolo en el río Estigia. Como lo sostuvo por el talón derecho para sumergirlo en la corriente, ese preciso punto de su cuerpo quedó vulnerable, siendo la única zona en la que Aquiles podía ser herido en batalla. 
Tetis sumergiendo a Aquiles en el Estigia. Rubens

Otra versión cuenta que Tetis lo ponía al fuego del hogar para quemar las partes mortales de su cuerpo y luego ungía al niño con ambrosía, hasta que fue interrumpida por Peleo, quien le arrebató al niño de sus manos y éste quedó con un talón carbonizado. Enfurecida, Tetis los abandonó a ambos y Peleo sustituyó el talón quemado de Aquiles por la taba del gigante Dámiso, famoso por su gran velocidad. Esta versión también comenta por qué le llamaban “el de los pies ligeros”.
En cualquier caso, durante el asedio de Troya, batalla final de la guerra librada entre griegos y troyanos, Paris mató a Aquiles clavándole una flecha envenenada en el talón.
Sin embargo, ninguna de las fuentes anteriores a Estacio hace referencia a esta invulnerabilidad. Al contrario, en la Ilíada Homero menciona que Aquiles es herido: en el Libro XXI el héroe peonio Asteropeo, hijo de Pelegón, desafía a Aquiles junto al río Escamandro. Le arrojó dos lanzas a la vez, alcanzando una el hombro de Aquiles, «del cual brotó negra sangre».​ En la Ilíada, Héctor profetiza la muerte de Aquiles a manos de Paris y de Apolo en las puertas Esceas, pero no se detalla el modo en que se producirá.


Quirón y Aquiles. Pompeya

Tampoco en los poemas fragmentarios del ciclo troyano en los que aparece una descripción de la muerte del héroe —Cipria (autor desconocido), Etiópida de Arctino de Mileto, Pequeña Ilíada de Lesques e Iliupersis de Arctino— hay rastro de referencias a su invulnerabilidad o su famoso talón. En vasijas pintadas posteriores representando la muerte de Aquiles, una flecha (o en muchos casos varias) alcanza su cuerpo.
Aquiles creció junto a Patroclo en el monte Pelión, pupilo del centauro Quirón, donde se alimentaba de fieros jabalíes, entrañas de león y médula de oso para aumentar su valentía. También aprendió el tiro con arco, el arte de la elocuencia y el canto, y la curación de las heridas. Si bien la Ilíada de Homero es el relato más famoso de las hazañas de Aquiles en la Guerra de Troya, ésta solamente abarca unas pocas semanas de la guerra y no narra la muerte de Aquiles. Durante una de las batallas, los troyanos lograron hacer retroceder a las fuerzas griegas y asaltaron sus barcos. Dirigidos por el príncipe Héctor, los griegos parecían estar a punto de caer, hasta que Patroclo logró repeler a los troyanos de las playas, pero murió a manos de Héctor antes de que lograsen tomar la ciudad de Troya.


Ayax y Aquiles

Cuando Aquiles supo la noticia, la ira y el dolor lo invadieron de tal manera que estuvo a punto de quitarse la vida. Patroclo fue velado toda la noche, y Aquiles juró que vengaría su muerte. Le pidió a su madre una nueva y más poderosa armadura y salió al campo de combate, donde mató a Héctor y luego ató su cuerpo inerte a su carro, arrastrándolo por nueve días en torno a los muros de Troya, sin permitir que tuviera los ritos funerales. Hasta que la ayuda del dios Hermes, el rey Príamo lo convenció a Aquiles de que le permitiese celebrar los ritos funerarios de su hijo.
El poderoso Aquiles, aparentemente invencible, finalmente fue derrotado por el príncipe troyano Paris, quien le disparó una flecha envenenada –según algunas versiones- dirigida por el dios Apolo al talón izquierdo y lo mató. Sus restos fueron mezclados con los de su gran amigo Patroclo y su mítica armadura abrió una disputa entre Ulises y Áyax el Grande, primo mayor de Aquiles. Luego su madre Tetis consiguió para su hijo la inmortalidad y esté vivió en la isla de Leuce en la desembocadura del Danubio, donde se le rindió culto.


Estatua de Aquiles en Corfú.

Patroclo es el primo de Aquiles. Hijo de Menecio y su madre que, aunque no se sabe con exactitud quien fue, se sabe que fue hija de Peleo, dándole el parentesco presente con Aquiles, el de los pies ligeros. Considerado un ser querido de Aquiles, tendría un vínculo muy cercano con él. Al ser reclutado para la guerra al igual que su primo y siendo aconsejado por su padre, se encamina a la sangrienta batalla. Un par de años más joven que Aquiles, es entendible su cualidad de infante traducida en acciones que serían cruciales dentro de la historia. Su papel en la guerra fue el de compañero de armas del famoso Aquiles, además de su destreza y habilidad con los caballos. Patroclo es también quien buscaría a Briseida, la amada de su primo, en la Embajada de Aquiles (episodio de la Ilíada) para poder persuadirlo a volver a pelear después de su enfurecimiento. Al tener a su primo como modelo a seguir, es persuadido por sus emociones y también se ve afectado por la cólera de Aquiles.
Aquiles, en su episodio de ira encerrado en su tienda, le permite a Patroclo utilizar su armadura y participar de forma más activa en la batalla. Una vez en las filas de combate con el yelmo de su primo, dio la ilusión de ser el mismo Aquiles, por lo que ningún soldado troyano se atrevió a enfrentarlo más que el mismo Héctor. La furia lo invade al divisar al de los pies ligeros y lo hiere en la garganta, dejando que fuera ahogado en su propia sangre. Menelao, testigo de la escena, rescata su cuerpo para proceder a las tradiciones funerarias de la época y para llevarle los restos a Aquiles. Más que la participación de Aquiles, es su muerte la que implica un importante capítulo en la historia.
Fue el principal hecho desencadenante que traería a Aquiles de vuelta en la batalla, con una sed de venganza que eclipsaba su deseo de gloria y gracias a la cual asesina traumáticamente a Héctor frente a toda su familia. Para velar a Patroclo, Aquiles procede con múltiples sacrificios a los dioses para poder honrarlo. Posteriormente, con la consiguiente muerte del segundo, la íntima relación familiar de estos dos sería retratada al condecorar sus huesos juntos, como un solo muerto y un solo héroe de guerra en una pira funeraria.
Tetis y Aquiles llorando a Patroclo.

La relación de Aquiles con Patroclo es un aspecto clave de su mito. Su naturaleza exacta ha sido objeto de disputa tanto en el periodo clásico como en la época moderna. En la Ilíada queda claro que los dos héroes tienen una amistad profunda y extremadamente significativa, pero la evidencia de un elemento romántico o sexual es equívoca. Patroclo fue enviado por su padre a Ptía, donde conoce a Aquiles y donde se hace su compañero de armas. Los comentadores del periodo clásico hasta la actualidad han tendido a interpretar la relación a través de las lentes de sus propias culturas. La Ilíada describe a la dupla de héroes como «compañeros de guerra» no sexuales. En el canto IX de la Iliada se presenta a Aquiles y Patroclo durmiendo cada uno con una mujer, Aquiles con Diomeda y Patroclo con Ifis, mujer que por cierto, el propio Aquiles entregó a Patroclo.

Cuando Aquiles oyó las amargas noticias, lloró y se revolvió en el suelo, transido de dolor. Sus amigos trajeron el cuerpo de Patroclo del campo de batalla pero él no les dejó enterrarlo. Se echó sobre él, rodeándolo con sus brazos, sollozando desesperadamente. Su madre, Tetis, vino a consolarle. "Hijo mío, ¿cuánto tiempo seguirás llorando con la mirada extraviada de pena, sin comer ni dormir? Yacer con mujeres y enamorarse de ellas también es bueno." Pero Aquiles no podía pensar en otra cosa que no fuese su compañero enamorado, a quien recriminó amargamente haber jugado con su vida: "No tuviste consideración por mi pura reverencia hacia tus muslos, ingrato a despecho de nuestros muchos besos."
Aquiles y Patroclo