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martes, 11 de mayo de 2021

La vocación es una mentira

 En el sentido etimológico, la vocación es un llamado (del latín vocatio, sobre vocātus, participio del verbo vocāre, por «llamar», y el sufijo -ción, al respecto de -io, como agente de acción y efecto).​ Durante mucho tiempo ha designado el llamado a participar de la vida consagrada (sacerdocio, monacato, etc.). El concepto tiene sus raíces en la Biblia y se correlaciona con el tema de la escucha. Hoy esta palabra se usa en un sentido más amplio para designar la llamada que las personas pueden sentir por una misión particular: humanitaria, profesional, espiritual, científica, etc.



El ser humano, al vivir en comunidad y no ser un ente aislado a sus circunstancias, se determina por el medio en el que vive, por lo que esto es una condición importante en el momento de comprender y seguir una vocación. Desde la psicología, existen diversas teorías sobre cómo se desarrolla o se orienta una persona hacia una u otra elección de carrera o empleo.La vocación profesional es un llamado que parte desde quiénes somos, qué queremos entregar al mundo y cómo nuestras propias experiencias y habilidades nos permiten llegar a eso.

Desde el establecimiento de la orientación vocacional en 1908 por parte del ingeniero Frank Parsons, el uso del término «vocación» ha evolucionado. Se lo define como "el deseo de emprender una carrera, una profesión o cualquier otra ocupación o actividad cuando todavía no se han adquirido todas las aptitudes o conocimientos necesarios".


Existen enfoques o modelos de orientación vocacional que asumen los principios y conceptos de la psicología de los rasgos psicológicos, de la psicología fenomenológica, de la psicología cognitiva o del psicoanálisis entre los principales. Estas teorías simplifican la comprensión y construcción de la vocación a elementos simples y con base éstos formulan soluciones también simples. Esta concepción simplificadora de la subjetividad humana se expresa en aquellas concepciones positivistas, funcionalistas o estructuralistas de la orientación vocacional.

Hay quien defiende que hoy en día la orientación vocacional es más un negocio que una actividad educativa. Esta se reduce a la aplicación de pruebas vocacionales (inventario de intereses y tests de capacidades diferenciales), lo cual es una simplificación de la concepción del ser humano, de su subjetividad y personalidad. 



La orientación vocacional simplificada a la información profesional concibe al ser humano como un conjunto de habilidades o competencias profesionales. En este marco, no importan sus emociones, valores, sentido de vida, su identidad y su realización personal. Sólo importa adiestrar las habilidades que le permitan ajustarse al medio ambiente, es decir para desempeñarse y adaptarse al mercado laboral. Este mercado va dirigido a mejorar y engrandecer los réditos de las empresas, que para desarrollarse requieren habilidades efectivas más que la realización personal de los trabajadores. Para las empresas la realidad se reduce al mercado, todo es mercancía, cualquier cosa o actividad debe ser eficiente y debe generar ganancias. En esta dirección, la orientación vocacional está pensada en función de las empresas y no en el desarrollo personal ni en la satisfacción vocacional de los trabajadores profesionales.

Es necesario redefinir y comprender la vocación no como un elemento simple y manipulable por el mercado, no como una inclinación o habilidad profesional, sino como una formación psicológica que expresa la orientación del sujeto a realizar una obra específica en la realidad. En esta dirección, la profesión no es el objetivo, sino el medio que ayuda a realizar esta obra que marca el significado que tiene la vida de la persona en la comunidad.


Desde pequeños nos preguntan qué queremos ser de mayores, pero en realidad lo que nos preguntan es en qué queremos trabajar y cómo vamos a ganarnos la vida. Por tanto en este contexto social la vocación no es una respuesta a una "llamada interna" del sentido de identidad y del sistema de valores del individuo, sino a las necesidades del mercado laboral y de entrar en el mismo y ser una persona productiva. Así entramos desde niños en la rueda de cosificarnos, de mercantilizarnos, de vender nuestro tiempo y nuestras esperanzas al mercado. No importa que quieras ser artista, que tus valores sean los de cuidar la naturaleza y la vida, sino que eso encaje en una carrera profesional de la que puedas vivir. Por tanto, la vocación es algo que se construye desde la sociedad capitalista como la  profesión que vas a elegir para pagar las facturas que te permitirán estar en el sistema. Muchas veces la carrera elegida es el mal menor, la que reusulta menos desagradable o simplemente la que tenemos la oportunidad de coger (porque no todos tienen las posibilidades de acceder a todas las profesiones).

Nos dicen que "la profesionalidad no es suficiente cuando no existe pasión, compromiso y curiosidad" y que esto depende de la vocación, como si la llamada vocación pudiera superar los contratos precarios, los sueldos miserables y el hastío de la sobrecarga y las tareas rutinarias mágicamente. Con la excusa de la vocación queremos tapar las carencias del sistema, justificar las perversiones del mismo, hacer que los llamados a ejercer esa carrera se resignen a las malas condiciones de trabajo. Y eso no es vocación es sobreadaptación al sistema. Ahí no hay llamadas ni respuestas a las necesidades de realización del ser humano, sino todo lo contrario. Es una llamada a matar lo que nos hace humanos y a agachar la cabeza. 

 


https://es.wikipedia.org/wiki/Vocaci%C3%B3n

https://es.wikipedia.org/wiki/Orientaci%C3%B3n_vocacional

https://www.universia.net/es/actualidad/orientacion-academica/vocacion-profesional-concepto-e-importancia-cifras-1164809.html

http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2223-30322016000100004#:~:text=Para%20la%20Psicolog%C3%ADa%20y%20las,una%20Carrera%20o%20profesi%C3%B3n%20determinada.&text=Desde%20esta%20perspectiva%2C%20la%20vocaci%C3%B3n,la%20inclinaci%C3%B3n%20hacia%20una%20profesi%C3%B3n.

martes, 19 de enero de 2021

Psicología del servilismo

 La noción de servilismo se asocia a lo servil: aquello propio de un siervo (un esclavo o alguien sometido). Una persona que acata órdenes sin realizar ningún tipo de reflexión o cuestionamiento por más que sean contrarias a sus deseos o intereses, o incluso si sus consecuencias son dañinas, está realizando un acto de servilismo. Hacer la pelota viene a ser lo mismo: el intentar agradar o adular a alguien para conseguir algún beneficio presente o futuro.



El servilismo se refiere a una tendencia desmedida a satisfacer a quien ocupa una posición de poder o se sitúa en un nivel superior en una escala jerárquica. El sujeto servil es lisonjero y no se atreve a expresar su punto de vista si es contrario al del poderoso ni se anima a defender los intereses de sus pares, aun poniendo en riesgo su integridad física, su moral y su ética y la de sus compañeros.

Es importante señalar que a grandes rasgos, las personas serviles, según Christopher Freiman (en su artículo “Why be inmoral?”, publicado en 2010), son aquellas que se caracterizan por ser individualistas y dispuestas a trasgredir la moral. Entre ellas podemos encontrar personas con muy bajo nivel intelectual y otros con gran inteligencia. Si nos adentramos desde el perfil psicológico, el servil sería una persona que tiene problemas en su autoestima e imagen, que probablemente ha tenido una historia marcada por el abuso y que tiene algún desajuste en su juicio de realidad e identidad del Yo, lo que manifiesta que estará dispuesto a lo que sea para satisfacer a su superior absoluto. Manifiestan en muchas ocasiones procesos de despersonalización lo que se manifiesta en acciones autoritarias, relaciones conflictivas y muchas veces centradas en prácticas marcadas por perjudicar a sus iguales.

Freiman afirma que los serviles inteligentes generalmente disponen todo para que su influencia sobre el poderoso no sea amenazada con la presencia de ideas y propuestas de otros. Hacen lo necesario para volver inaccesibles a sus "jefes" y lograr que toda comunicación con ellos pase por sus manos. 


Según la Sociología, las actitudes de complacencia de intereses del otro son condición para la cohesión grupal y/o colectiva. Sin embargo, la complacencia del otro olvidando el sí mismo (como es el caso del servil), son causa de la descomposición de los intereses y prioridades de un grupo y/o colectivo. 
En política se afirma que el servilismo es la principal motivación del autoritarismo y motor de la creación de relaciones conflictivas. Una persona servil se dedica a sobrevalorar las cualidades del poderoso y hacerlas valer aun sacrificando su integridad, o poniendo en riesgo la estabilidad del grupo o colectivo al que se pertenece.



Estudios de Psicología Política indican que las personas con comportamientos de servilismo son las más propensas al fanatismo. Su conducta, en representación del poderoso, es como si poseyera la verdad, tuviera todas las respuestas y no necesitara seguir buscándolas más allá del pensamiento de la persona con quien se es servil. En el contexto actual, se ha visto que las prácticas políticas y económicas, están siendo teñidas desde el servilismo y la corrupción, lo que en definitiva ha generado movimientos tecnócratas, serviles a los intereses de algunos por encima del de todos, buscando la satisfacción del modelo neoliberal, que va desmedro de lo social.




El sistema vertical y represivo es una parte más del sistema capitalista que no sobreviviría sin los esclavos felices e infelices, sin los sumisos, los alienados y los egoístas, dado que el sistema represivo juega un papel clave mediante la amenaza preventiva y la producción de miedo. Hoy en día constatamos que las democracias neoliberales ya no cumplen la función de limitar y regular al poder sino que, por el contrario, implican un retorno al absolutismo del “poder real”, encarnado actualmente por las corporaciones. Esta es producida por los medios de comunicación que instalan una cultura de masas.

La masa, modo social paradigmático tanto del nazismo como del neoliberalismo, constituye un dispositivo privilegiado para obtener la obediencia inconsciente. Por vía de la sugestión, la idealización, la fe ciega y la identificación la masa se somete inconscientemente al entramado de imposición, lo que lleva a reformular el carácter “voluntario” o consensuado de la servidumbre al poder exterior para situar en su lugar la obediencia inconsciente. No se trata de un consentimiento tácito, una aceptación resignada o pasividad ante la dominación, sino de un carácter compulsivo, activo y decidido de sumisión inconsciente.



El sujeto servil introyecta exigencias e imperativos ilimitados fundamentados en el empuje al consumo, que lo van conduciendo a una autoexplotación compulsiva. La obediencia inconsciente de la masa tiene como uno de sus fundamentos la ignorancia. Esto implica no querer escuchar, ver, ni saber y va de la mano de una promoción del narcisismo, una exacerbación de la imagen de sí cuya función es tapar la falta, promoviendo un individualismo descarnado que no se afecte por el lazo social. Encontramos con frecuencia creciente individuos que prefieren no saber, satisfaciéndose en la ignorancia y en la cobardía, el horror al saber en tanto podría conmocionar las creencias. Esta pasión por la ignorancia resulta funcional al capitalismo, constituyendo uno de los mayores obstáculos para transformar la posición del sujeto. Una subjetividad sometida al actual dispositivo del mercado, cruel e insaciable, creyéndose libre y ciudadana resulta en verdad una esclavitud en versión posmoderna.



Todo esto muestra la importancia de un análisis crítico del servilismo y la ignorancia impuestos. Una apuesta decidida y comprometida hacia una política de la fraternidad, la solidaridad, la preeminencia de la vida y el amor será el mejor antídoto contra la obediencia inconsciente, acrítica y sacrificial, nueva versión del servilismo en la época neoliberal.

En la vida es indispensable distinguir a los serviles, pues dificultan la actividad porque intentan a toda costa que la voluntad del poderoso sea la regla. Son los típicos compañeros de trabajo sin conciencia de clase, que van a lo suyo y que les parecen bien todas las ocurrencias absurdas del jefe inútil e inoperativo que sin doblar el lomo sólo exige más y más productividad sin mejorar las condiciones laborales. Esos pelotas que creen que van a heredar la empresa y que fiscalizan al compañero, que se chivan al jefe de las pequeñas disgresiones que los trabajadores se ven obligados a hacer para que la empresa y el trabajo no los asfixien. Hay que guardarse del servil, del pelota, porque aunque es un currito como los demás se siente protegido y de otra casta, se siente una prolongación del poderoso, intocable y vigilante. Y en todos los trabajos, grupos y comunidades hay unos cuantos. Son la gangrena que mata a la solidaridad y la conciencia de clase. Son los obreros que votan a la derecha.



https://definicion.de/servilismo/

https://lahora.gt/hemeroteca-lh/servilismo-y-autoestima/

https://www.elquintopoder.cl/politica/la-mirada-del-servil/

https://www.aporrea.org/actualidad/a259732.html

https://cronicon.net/wp/nueva-forma-del-servilismo-voluntario-la-obediencia-inconsciente/

jueves, 27 de agosto de 2020

No es depresión postvacacional, es la precariedad laboral.

Se define este síndrome como el conjunto de síntomas que puede padecer un trabajador al reincorporarse a su puesto de trabajo después de un periodo de vacaciones. Estos consisten  principalmente en: cansancio generalizado, dolor muscular y alteraciones del sueño y del apetito. Además de ir acompañado de falta de motivación, tristeza e irritabilidad. Suele durar de 2 a 3 días a un máximo de 21 días hasta que la persona se vuelve adaptar a su nueva realidad. Cuando el malestar persiste en el tiempo puede generar trastornos de ansiedad  y/o depresión. Diferentes estudios señalan que entre un 25 y un 30% de los trabajadores van a padecer este síndrome post-vacacional.



Más de un tercio de nuestra vida tiene lugar en el puesto de trabajo, y para muchas personas transcurre a disgusto. Estudios muy recientes sobre la satisfacción laboral han evidenciado que algo más del 50% de los empleados en EE.UU. padecen estrés por culpa del trabajo. Incluso un porcentaje muy importante, en torno al 35%, consideran que están «quemados». Por otra parte, los cambios constantes de propiedad de las empresas, las drásticas reducciones de personal, las reconversiones de los departamentos, el trabajo desorganizado, la incomunicación, la presión, la falta de motivación y de proyectos y sobre todo la precariedad facilitan enormemente este caldo de cultivo adecuado para el llamado síndrome postvacacional. 



Según Knowlton, director de la Nortwester National Life Insurance, el estrés en el trabajo está claramente infravalorado y la incidencia de enfermedades secundarias al estrés laboral se están duplicando cada diez años. De hecho, recientemente Schnall en un trabajo publicado en el Journal of the American Medical Association ha comprobado que casi un 25% de los trabajadores padecen un estrés muy importante y, por tanto, tienen el triple de posibilidades de sufrir hipertensión y cardiopatía.

Yo no creo en este síndrome, de hecho creo que no es más que un síntoma de un problema de base mucho más grave, que es la precariedad laboral y la realidad de que para la inmensa mayoría de personas el hecho de ir a trabajar es un suplicio. Lo habitual es que tengamos empleos alienantes que impiden el desarrollo personal, la autorrealización y una vida armoniosa, saludable y social. No en vano la palabra trabajo viene del latín "tripaliare" que a su vez deriva de "tripalium" que era un instrumento de tortura para los esclavos. No está en nuestra naturaleza vernos forzados durante la mayor parte de nuestra vida adulta y sana a pasar horas haciendo algo que casi nunca nos gusta ni nos llena, que nos produce estrés y malestar y que limita nuestros horarios de sueño y de ocio. Como mucho podemos aspirar a un trabajo digno, en condiciones dignas, y más aún, que nos reporte una satisfacción si no moral al menos monetaria para poder proveernos de las cosas básicas que como seres humanos precisamos (vivienda, comida, ropa, etc...)



Por eso, cuando estamos libres de estas circunstancias distintas a la cotidianeidad del trabajo, de forma natural disfrutamos del paraíso perdido, de la libertad y el dolce far niente. No es necesario gozar de vacaciones paradisiacas en hoteles de lujo, sino que basta con librarse unos días del yugo de los horarios de mierda y de la actividad alienante para sentirse mejor, más libres y más humanos. Y por eso nos jode tener que volver a someternos, porque trabajar suele ser una obligación que muy pocos cumplen con gusto. 

No vivimos vidas acordes con nuestras necesidades humanas de autorrealización y desarrollo, simplemente "vamos tirando" en una sociedad en la que muy pocos pueden gozar de la suerte de tener una ocupación digna, satisfactoria y bien remunerada. 



https://www.elsevier.es/es-revista-medicina-integral-63-articulo-sindrome-postvacacional-10022200

https://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADndrome_postvacacional#:~:text=El%20s%C3%ADndrome%20postvacacional%2C%20se%20puede,rutinarias%20con%20un%20menor%20rendimiento.

https://www.juliapascual.com/depresion-postvacacional/

lunes, 10 de febrero de 2020

Depresión y suicidio, cómo ayudar.

Tuve una amiga muy querida que se suicidó.
Cuando eso ocurrió yo estaba viviendo lejos de ella, el trabajo nos había separado y aun así me siento culpable de no haber podido ayudarla más.



Ella era una persona que llevaba años con depresión, que no seguía los tratamientos y tendía a automedicarse. A veces era frustrante ser su amiga, porque tenía rachas en que no cogía el teléfono, no contestaba a los mensajes, no era posible contactar con ella. Cuando estaba bien era una persona entrañable, divertida, empática, con ganas de hacer cosas nuevas...
En aquella época ambas estábamos lejos de nuestras respectivas tierras y de nuestras familias, y apenas nos teníamos la una a la otra. El entorno laboral en el que estábamos era hostil y muy exigente a nivel profesional y emocional.
Yo no supe lo que le pasaba hasta que intentó suicidarse por primera vez. Sabía que tenía problemas, que se sentía sola, pero poco más. Esa primera vez yo no me enteré de nada, las compañeras de trabajo lo ocultaron y cuando volví de unas vacaciones sólo supe que estaba de baja. Se hizo un silencio sepulcral en torno al intento de suicidio de nuestra compañera y amiga. No se hablaba de ello en un entorno en el que tratábamos con personas con trastornos mentales. Admitir que una de nosotras era vulnerable y estaba sufriendo era como admitir que éramos humanas igual que nuestros usuarios y que podíamos enfermar también.


Creo que fui la única que habló con ella del tema, que le preguntó y que le insistía en que buscara ayuda profesional fuera de nuestro entorno. No porque yo fuera mejor o más solidaria o mejor amiga, sino porque la depresión es mi vieja compañera de viaje y sabía perfectamente por lo que estaba pasando. También sabía que lo que más necesitas es tener a una persona de tu lado que te escuche, que esté ahí y que te perdone todas tus neuras y altibajos. Creo que lo intenté al menos. Claramente no fue suficiente.

De las otras compañeras sólo percibía un interés superficial, porque al fin y al cabo, ¿quién quiere hablar del suicidio?, ¿quién tiene la capacidad de manejar todo lo que este tema remueve sin sentirse perturbada? Hubo incluso alguna compañera profesional de la salud mental que se atrevió a hacer su diagnóstico con juicio de valor incluido como si no estuviéramos hablando de una amiga, sino de un "caso" que no le concernía.
Sí, a todas nos concernía que una compañera dentro de un equipo de salud mental estuviera mal y que se hubiera intentado suicidar, pero ni siquiera en un entorno del que se podría esperar algo de comprensión y apoyo hubo una reacción no solo para ayudarla a ella, sino para detectar qué estaba ocurriendo y protegernos a todas de algo tan frecuente en un trabajo así como el burn-out.



Al final, poco después de que yo tuviera que marcharme de allí, ella lo volvió a intentar y lo consiguió. Se le hizo un homenaje, se le pusieron ramos de flores y se celebraron misas, pero la realidad es que ella estaba sola, aislada y agobiada por un trabajo altamente demandante a nivel emocional. Nadie se dio cuenta, nadie se le acercó, pero todos decían después del fatal desenlace que "no estaba bien". ¿Qué hicimos por ella?
No sé si había algo que pudierámos haber hecho para salvarla. No sé qué habría pasado si algunas de las circunstancias que la rodearon en sus últimos meses hubieran cambiado, pero sí sé que necesitaba dejar de trabajar y estar con su familia, y que alguien la ayudara a pedir ayuda dado que ella era incapaz habría sido determinante.

Cuento todo esto para recordarnos a todos que las personas con depresión necesitan ayuda, y que es difícil ayudarlas, y muchas veces una labor ingrata, pero tal vez al llamar, al apoyar, al ir a ver a alguien le estemos salvando la vida. Nadie quiere estar mal ni sufrir, nadie se queda en el sofá o en la cama días o tardes enteras porque sea una vaga, nadie pierde la ilusión por la vida porque sí.



La melancolía es una losa en el pecho que paraliza, un agujero negro en el corazón que impide sentir, una nube en la mente que impide pensar, es la falta de alegría y de razones para vivir.
Nos dicen que pidamos ayuda, que no nos callemos ni nos encerremos en nosotros mismos, pero luego resulta que muy poca gente es capaz de dar una respuesta a quien se atreve a decir que está mal y necesita apoyo. Nadie quiere lidiar con ello, nadie sabe lo que tiene que hacer o decir. La depresión genera rechazo y cansa, porque encima es aburrida y tediosa, da mal rollo, y oye, mira, yo no soy una ONG, no tengo por qué comerme esto. Que la ayude su familia, que vaya al médico, que se tome las pastillas.
Y no, no es así. Todas las personas que rodean al depresivo pueden ayudarlo sin comprometerse demasiado. Basta con una llamada, un paseo, un abrazo, una sonrisa, sólo con estar ahí ya se puede salvar a alguien. Porque no hay que ser profesional, ni una ONG, ni familia, basta con ser persona, con empatizar, con dar un poco de cariño y de tiempo. Y sí hay que tener paciencia.
Pero es que el depresivo no se tiene paciencia, se desespera, lo ve todo negro y las ideas de muerte y de suicidio aparecen con facilidad ante un fin de semana de soledad, de 48h de encierro sin escuchar una voz amiga o recibir un abrazo.

Ayudad, ayudemos, no dejemos tiradas a las personas que más lo necesitan, que tienen la vida pendiente de un hilo. Que no vuelva a ocurrir lo que le pasó a mi amiga.


miércoles, 5 de febrero de 2020

El hacer y el ser

En este mundo hiperconectado y orientado hacia el logro y la acción en el que nos ha tocado vivir el tema de cómo empleamos y vivimos nuestro tiempo es muy significativo.
Nos enseñan desde la infancia a ser eficientes, a hacer muchas cosas y a valorar la actividad a la vez que la inactividad está mal vista y se considera una carga o un defecto.


Ya los niños desde muy pronto aprenden a compartimentar su tiempo y a aprovecharlo en cosas "útiles" como hacer los deberes, las actividades extraescolares que cada vez están más orientadas a la productividad futura y a seguir horarios muy estrictos como los que sus padres se ven obligados a seguir, siempre corriendo y siempre mirando el reloj.

Los adultos estamos siempre mirando la hora y empeñados en ser eficientes y no perder tiempo en cosas inútiles o improductivas. Nos levantamos muy temprano, echamos la jornada laboral que suele estar muy marcada por la productividad y la medida de cada minuto empleado en cada tarea, con un control estricto de las horas de entrada y salida. Salimos y seguimos corriendo porque no hay tiempo que perder, hay que hacer cosas: recoger a los niños, limpiar la casa, cocinar, comprar, trasladarse, etc...

Entre el descanso (muchas veces escaso)  y la actividad productiva queda poco tiempo para el ocio, que además también está mediatizado cultural y socialmente, volviéndose cada vez más individualista gracias a las nuevas tecnologías (plataformas de series en streaming, videojuegos online, redes sociales...). Incluso nuestra froma de relacionarnos como humanos ha cambiado, también es más eficiente. Mandamos un whatsapp para quedar, felicitar o preguntar algo a otra persona en lugar de llamar y tener una conversación.

Todo está enfocado en la eficiencia y en el hacer, y al final nos quedamos vacíos cuando tenemos tiempo para parar y pensar. No sabemos mirarnos, reconocernos y detectar las señales que nos mandan nuestro cuerpo y nuestra mente y por eso muchas veces enfermamos de estrés y de cansancio, ya sea por trastornos de ansiedad y depresión, trastornos psicosomáticos o patologías físicas asociadas a la falta de autocuidado (dieta, descanso, ejercicio...)

Como se habla en el mindfulness, estamos la mayor parte del tiempo en el "modo hacer" y casi no nos permitimos vivir en el "modo ser". Es decir, que estamos orientados a producir y actuar, pero no a pararnos y vivir. Me llama mucho la atención que aparentemente la gente enferma por temas relacionados con la falta de tiempo o con el exceso de tiempo. Me explico: todos podemos entender que las personas que van a toda prisa por la vida, corriendo del trabajo a casa, de casa al gimnasio, del gimnasio a recoger a los niños, de allí al supermercado, etc... acaben desarrollando los problemas de salud mencionados, o si  no al menos sintiendo que su vida es un sinvivir, un huir hacia adelante, una corriente que los arrastra sin verla pasar. Pero lo que más nos cuesta entender es que las personas que disponen de un exceso de tiempo "improductivo" (parados, jubilados, enfermos, discapacitados, etc...) también enferman, incluso más, porque la culpa y la carga de no ser alguien "útil" para la sociedad es muy grande. Tenemos a personas haciendo mil cosas a la vez y personas que no saben qué hacer. Personas que se quejan de que no tienen tiempo ni de sentarse a comer y personas que sienten que su vida es inútil y vacía porque no trabajan, no producen, no cuidan a otros o no aportan nada (aparentemente) a la sociedad.

Yo defiendo que tenemos que estar más en el "modo ser" y dejar de vernos como seres productores. Tenemos que valorar la calma, el descansar y el remolonear, la introspección, la relación con los otros y dejar pasar el tiempo con más naturalidad.



lunes, 2 de diciembre de 2019

Sobrecarga y hostilidad

Ya hemos hablado en este blog sobre el burnout y sus causas y consecuencias, pero hoy me gustaría ahondar en un sentimiento que aparece en el trabajador sobrecargado: la hostilidad hacia el sistema, la empresa y el usuario que tiene delante. 

Del latín hostilitashostilidad es la cualidad de hostil, que indica una actitud provocativa y contraria, generalmente sin motivo alguno, hacia otro ser vivo. Actitud social de resentimiento que conlleva respuestas verbales o motoras implícitas. 
La hostilidad es un sentimiento mantenido en el que se dan lugar el resentimiento, la indignación, la acritud y la animosidad. Es una actitud cínica o negativa acerca de la naturaleza humana en general. Y en situaciones puntuales puede llegar al rencor y la violencia, aunque lo más frecuente es que la hostilidad sea expresada en modos muy sutiles, que no violen las normas sociales. La hostilidad implica creencias negativas acerca de otras personas, así como la atribución de que su comportamiento es antagónico o amenazador para nosotros. La atribución hostil se refiere precisamente a la percepción de otras personas como amenazantes y tienden a producir reacciones agresivas contra ellas. Sin embargo, hostilidad  no coincide con agresividad. La primera es un estado en que se desea herir y provocar daños y dolor a un objeto, mientras que la segunda implicaría solamente la presencia de una fuerza o potencia que precisa ser canalizada.



Realmente cuando un trabajador, en concreto del ámbito sanitario, se encuentra sobrecargado como ocurre casi siempre en el sistema de salud de nuestro país, es natural que aparezcan sentimientos de ira y rabia. Estos sentimientos que inicialmente tienen como objeto al sistema, o a un jefe inmediato, tal vez a un compañero que se las arregla para trabajar menos generando un agravio comparativo, y que suele cristalizarse en un sentimiento de hostilidad más o menos manifiesta hacia el trabajo mismo.

En este caso, a mi parecer y según lo visto, sería hostilidad como percepción del usuario/paciente como un ente amenazante, no per se, sino por lo que representa de carga de trabajo inasumible y de responsabilidad apabullante que de alguna forma supone un daño al yo del trabajador sobrecargado y sin fuerzas ni motivación para asumir esa carga de trabajo y de preocupación que representa el pobre usuario que tiene delante. Aquí es importante recordar que hablamos de un sentimiento de hostilidad casi siempre inconsciente e inconfeso, que genera malestar, estrés, ira, ansiedad y depresión. Podría tal vez no ser hostilidad en el sentido de que desee realizar un daño al objeto de esta, sino más bien en tanto que se percibe como amenaza para la conservación de la integridad del yo y como una actitud de resentimiento hacia el entorno contra el que uno se defiende de forma precaria.  
Como esos sentimientos de hostilidad no se pueden manifestar de forma violenta, lo más usual será encontrar profesionales quemados que presentan actitudes de "indignación, desprecio y resentimiento" en la consulta, que realmente tienen como objeto al sistema perverso que le genera una sobrecarga demoledora. 



Teniendo en cuenta que estos sentimientos de frustración y de rabia hacia la institución también los presentan los usuarios con mucha frecuencia, estos también se muestran hostiles hacia el profesional a través de actitudes agresivas como insultos, quejas, amenazas, hiperdemanda, falta de puntualidad y de cumplimiento, falta de respeto al profesional y hasta agresiones físicas que se producen cada vez con más frecuencia.
 Nos encontramos a dos afectados por el mismo problema, la sobrecarga del sistema sanitario: profesional y usuario, enfrentados en una escalada de hostilidad mutua, más velada en los profesionales que en los otros, sin sentido. 

Porque el objeto es el sistema, y es hacia el mismo hacia donde se debe dirigir toda esa energía. Pero tal vez la perversión del mismo lo que finalmente busque sea este enfrentamiento infructífero que no lleva a nada y que produce más dolor y tristeza.



martes, 1 de octubre de 2019

El castigo de Sísifo y mi abuela

«Los dioses habían condenado a Sísifo a transportar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con algún fundamento, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza»
-Albert Camus-

Cuando era pequeña y miraba cómo mi abuela recogía y metía los platos en el lavavajillas, me intrigaba mucho qué quería decir con que eso era la "maldición de Sísifo".

Ya hemos visto que autores como A. Camus han hablado del mito de Sísifo como una metáfora de lo absurda que es la vida moderna. El trabajo en una fábrica o en una oficina es una tarea repetitiva, pero lo cierto es que el trabajo de un ama de casa es igual de inacabable e inútil en el sentido de que no hay un final ni un reconocimiento, y menos una remuneración.  

Como Sísifo mi abuela tenía que llenar y vaciar el lavavajillas a diario, sin hallar un final a esa tarea repetitiva y tediosa, como todas las de la casa. Todas son labores con un resultado fugaz. La limpieza tiende inevitablemente a desaparecer y la suciedad reaparece inexorablemente. La comida se prepara, se come y hay que volver a comer, todo es un ciclo de repetición sin fin, con una gratificación momentánea y resultados casi inadvertidos.
Las amas de casa conocen el castigo del mito, y Camus lo traslada al "hombre absurdo"que trabaja en la sociedad moderna y que es finalmente un héroe. La labor interminable de las mujeres que siempre han llevado a cabo la ímproba tarea de hacer funcionar un hogar no es heroica ni es una metáfora, ni siquiera es reconocida. 

Camus dice que "cuando Sísifo es capaz de reconocer la inutilidad de su labor, y tiene la certeza de cuál es su destino, se libera para notar lo absurdo de su condición, llegando al estado de aceptación, en la que “todo está bien y hay que imaginarse a Sísifo feliz"". Es cierto que en general la aceptación ayuda a llevar situaciones difíciles sin sufrir, pero no tengo muy claro que el destino de ningún ser humano sea  trabajar en una oficina, en una fábrica o ser ama de casa. Sísifo mereció un castigo, ¿por qué los humanos tenemos que aceptar el castigo de las labores inútiles e interminables de la sociedad capitalista?, ¿acaso debemos aceptar nuestro destino como sociedad?

Desde luego, lo que sí sé es que a mi abuela llenar y vaciar el lavavajillas le parecía un castigo, como a la  mayoría nos lo parece también.





El motivo del castigo al que fue sometido Sísifo no es mencionado por Homero, pero otras fuentes indican que Sísifo había revelado al dios fluvial Asopo que el autor del rapto de su hija Egina había sido Zeus;​ o que el castigo había sido a causa de su impiedad;​ o bien se debió a su hábito de atacar y asesinar viajeros. En el inframundo, Sísifo fue obligado a cumplir su castigo, que consistía en empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio, una y otra vez. Así se cuenta en la Odisea.​ También se dice que aun viejo y ciego seguiría con su castigo. 
De acuerdo con la teoría solar, Sísifo es el disco del sol que sale cada mañana y después se hunde bajo el horizonte. Otros ven en él una personificación de las olas subiendo hasta cierta altura y entonces cayendo bruscamente, o del traicionero mar. Welcker ha sugerido que la leyenda es un símbolo de la vana lucha del hombre por alcanzar la sabiduría. S. Reinach​ sitúa el origen de la historia en una pintura, en la que Sísifo era representado subiendo una enorme piedra por el Acrocorinto, símbolo del trabajo y el talento involucrado en la construcción del Sisypheum. Cuando se hizo una distinción entre las almas del infierno, se supuso que Sísifo estaba empujando perpetuamente la piedra cuesta arriba como castigo por alguna ofensa cometida en la Tierra, y se inventaron varias razones para explicarla.
En el siglo I a. C. Lucrecio interpretó el mito como los políticos que aspiran a un cargo, con la búsqueda del poder como una "cosa vacía", se asemeja a rodar la roca arriba del cerro.​ Albert Camus consideraba a Sísifo personificando el absurdo de la vida humana, pero Camus concluye que «uno debe imaginar a Sísifo feliz», como «la lucha de sí mismo hacia las alturas es suficiente para llenar el corazón del hombre». Albert Camus menciona poéticamente que la razón de su castigo obedece a su ligereza con los dioses, revelando sus secretos y prefiriendo "la bendición del agua a los rayos celestes". 

miércoles, 7 de agosto de 2019

Burnout y la enfermedad de la idealidad.



Desarrollos teóricos han definido a la sociedad actual como sociedad del cansancio, sociedad del Burnout, sociedad de la transparencia (Han, 2015). En esta línea de pensamiento se ha conceptualizado al Síndrome de Burnout como una de las patologías más relevantes de nuestra época. Desde una lectura antropológica se ha identificado al sufrimiento causado por la falta de sentido existencial (Frankl, 1995), como construcciones intra e intersubjetivos de proyectos de vida vaciados de realización de valores (Pérez Jáuregui, 1998, 2015), en los cuales el Síndrome de Burnout implica ese vaciamiento de sentido por sobreadaptación laboral y una posición de enrolamiento enajenante en la relación con el trabajo.



El Burnout puede definirse como «una respuesta a un estrés emocional crónico cuyos rasgos principales son el agotamiento físico y psicológico (emocional), una actitud fría y despersonalizada en la relación con los demás (pacientes) y un sentimiento de inadecuación a las tareas que se han de desarrollar (reducción del sentido de realización personal). (Maslach y Jackson, 1982)

El síndrome del trabajador quemado (burnout) figurará en la próxima Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un problema asociado al empleo o al desempleo. Este trastorno, asociado al estrés crónico en el trabajo, ya estaba en la anterior edición del catálogo (de 1990), pero en un epígrafe más inconcreto (problemas relacionados con dificultad en el control de la vida).



El síndrome de desgaste profesional también es referido como síndrome de desgaste ocupacional (SDO), síndrome del trabajador desgastadosíndrome del trabajador consumidosíndrome de quemarse por el trabajosíndrome de la cabeza quemada, y coloquialmente síndrome del profesional quemadosíndrome del quemado y síndrome del trabajador quemado. En francés es conocido como surmenage (estrés), pero es una construcción de la que se pueden desprender un sinnúmero de definiciones por lo que es posible indicar la inexistencia de una única conceptualización y que han incidido también en la aparición de diferentes modelos explicativos
Este síndrome fue descrito por primera vez en 1969 por H.B. Bradley como metáfora de un fenómeno psicosocial presente en oficiales de policía de libertad condicional, utilizando el término staff burnoutPosteriormente en el año de 1974 Freudenberger propone un concepto centrado en un estudio netamente organizacional. En el año de 1980, Freudenberger amplía su teoría y conceptualización agregando que estos sentimientos se deben a cargas irracionales de trabajo que ellos mismos o quienes los rodean les imponen. Para este mismo año aparece Cherniss quien lo conceptualiza como un proceso y propone 3 momentos, uno asociado a un desequilibrio entre la carga laboral y las posibilidades del sujeto de responder de forma óptima a esta, un segundo momento que habla de la presencia de una respuesta emocional negativa fuerte y un último momento que propone un cambio conductual y actitudinal en el que se sumerge el sujeto. Contemporánea a esta propuesta surge la de Edelwich y Brodsky, quienes lo relacionan más a una pérdida progresiva de la energía, motivación e ideal asociada a las profesiones de ayuda a su cargo y proponen también fases progresivas, entusiasmo, estancamiento, frustración y apatía.



Por otro lado, en el año 1976 la psicóloga social Christina Maslach lo presenta ante un congreso de la Asociación Estadounidense de Psicología definiéndolo como un síndrome tridimensional que consideraba como dimensiones de análisis a los siguientes constructos: agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal, y que ocurriría entre sujetos que trabajan en contacto directo con clientes o pacientes.
En general los más vulnerables a padecer el síndrome son aquellos profesionales en los que se observa la existencia de interacciones humanas trabajador-cliente de carácter intenso o duradero. El síndrome de desgaste profesional es muy frecuente en personal sanitario (médicos, enfermeras/os, farmacéuticos, odontólogos, nutricionistas, psicólogas/os, terapeutas ocupacionales, trabajadores sociales, terapeutas familiares y consejeros matrimoniales, así como personal administrativo)​ y docente.
Lo principal es un fuerte sentimiento de impotencia, ya que desde el momento de levantarse ya se siente cansado. El trabajo no tiene fin y, a pesar de que se hace todo para cumplir con los compromisos, el trabajo nunca se termina. La persona que lo padece se vuelve anhedónica, es decir, que lo que anteriormente era motivo de alegría ahora no lo es, en otras palabras, pierde la capacidad de disfrutar. Aun cuando se tiene tiempo, se siente siempre estresado. A diferencia de lo que ocurría al principio, el trabajo ya no produce incentivos para la persona afectada con desgaste profesional. Visto por otras personas, aparenta sensibilidad, depresión e insatisfacción.



En general se proponen cuatro fases por las cuales pasa un individuo que atraviesa el Burnout: a) Etapa de idealismo y entusiasmo: La persona que presta ayuda posee un alto nivel de energía para el trabajo que se traduce en expectativas poco realistas. Hay una hipervalorización de su capacidad profesional que le lleva a no reconocer los límites internos y externos, algo que puede repercutir en sus tareas profesionales. Al no poder cumplir con sus expectativas aparece un sentimiento de desilusión; b) Etapa de estancamiento: La persona constata la irrealidad de sus expectativas, comienza una etapa de disminución de las actividades que venía desempeñando, pérdida del idealismo y del entusiasmo, comienza a reconocer que necesita algunos cambios en su vida y especialmente en el ámbito profesional; c) Etapa de apatía: Esta frustración de sus expectativas lleva a la persona a una paralización de sus actividades, desarrollando apatía y falta de interés. Es la fase central del Síndrome de Burnout donde empiezan a surgir los problemas emocionales, conductuales y físicos. Una de las respuestas características a este problema es ir tomando distancia, tratando de retirarse de la situación frustrante, intentos por evitar a los compañeros, ausencias al trabajo y, en casos muy extremos, abandono del mismo; d) Etapa de distanciamiento: Se presenta una inversión del tiempo de dedicación al trabajo con relación a la primera etapa. La persona se siente muy frustrada en su trabajo, siente un gran vacío que se puede manifestar en forma de un alejamiento emocional y una gran desvalorización profesional. Lo que en un principio era todo entusiasmo e idealismo ahora la persona pasa a evitar los desafíos, trata de no arriesgar la seguridad que le proporciona el trabajo porque aunque no se siente motivado necesita la compensación económica, pero, inevitablemente, va entrando en una espiral de dificultades que lo llevan a alejarse más aún.



Desde un punto de vista psicoanalítico es fundamental hablar del "ideal del yo" para comprender el burnout. Freud no otorga un sentido unívoco al concepto de “ideal del yo”. En Introducción al narcisismo (1914), el término “ideal del yo” aparece para designar una formación intrapsíquica relativamente autónoma cuyo origen es principalmente narcisista: “Lo que el hombre proyecta ante sí como su ideal es el sustitutivo del narcisismo perdido de su infancia; en aquél entonces él mismo era su propio ideal”. Freud compara este estado narcisista con un verdadero delirio de grandeza y es abandonado a causa de la crítica que ejercen los padres sobre el niño. En su texto de 1914 Freud nos orienta a comprender la evolución humana en términos de la nostalgia por la pérdida del paraíso y dice: “El desarrollo del yo consiste en un distanciamiento respecto del narcisismo primario y engendra una intensa aspiración a recobrarlo”; completa la idea aclarando que este distanciamiento ocurre por medio del desplazamiento de la libido a un “ideal del yo”. En El yo y el Ello (Freud, 1923) aparece por primera vez el término “superyó”, considerado como sinónimo de “ideal del yo”. En las Nuevas lecciones de introducción al psicoanálisis, Freud (1932) realiza una nueva distinción en el superyó como estructura global que involucra tres funciones: “autoobservación, conciencia moral y función de ideal”. Freud ilustra la distinción entre estas dos últimas funciones o sea la conciencia moral y la función de ideal, estableciendo la diferencia entre el sentimiento de culpa y el sentimiento de inferioridad. Estos dos sentimientos (culpa e inferioridad) son el resultado de una tensa relación entre el yo y el superyó: la culpa guarda relación con la conciencia moral y el sentimiento de inferioridad con el “ideal del yo” en tanto es amado más que temido.
Freud da a entender que “si el hombre se afana sin descanso en la búsqueda de la perfección perdida, jamás podrá alcanzarla verdaderamente”; es lo que Chasseguet-Smirgel da en llamar la enfermedad de la idealidad universalmente difundida.
Este concepto de la enfermedad de la idealidad, llevado a la vida práctica, fue retomado por los autores de El coste de la excelencia (Aubert y Gaulejac, 1993) para describir la dinámica de un tipo de enfermedad que afecta a personas que alimentan un ideal elevado del yo y que han puesto todo su empeño en alcanzar ese ideal. La mayoría de los que terminan siendo víctimas de esta nueva manera de enfermar, son personas que han trabajado enérgicamente para alcanzar un objetivo, su horario está completo de actividades, siempre darán más de sí que lo que les corresponde, son líderes que no admiten que puedan tener límites y que se queman a fuerza de exigirse demasiado. De hecho, dicen los autores, si esta enfermedad alcanza a cierta categoría de personas es porque se trata específicamente de la enfermedad de la idealidad. Los individuos que poseen un elevado “ideal del yo” con frecuencia han forjado ese ideal en la infancia, a veces a instancias de los padres que han impulsado al niño a superarse a sí mismo para ajustarse a una imagen ideal, posiblemente ideal para estos padres. Pero la presión que empuja al sujeto a “convertirse en otro” puede tener un origen interno, desencadenado por la admiración sentida por tal o cual persona o tal o cual estilo de vida idealizado.

Muchas veces, ayudar a otro o trabajar con relación a cuidados es un intento de reparar ciertas “heridas” personales. En este tipo de actividad, se pone en juego el equilibrio narcisista del sujeto que conforma el equipo de salud. Existe una constante exposición a la tensión tanto libidinal como agresiva de los pacientes que, debido a su fragilidad, cuestionan todo o casi todo produciendo en el personal de blanco importantes frustraciones que lo alejan del “ideal de saber todo” o, en todo caso, en la suspensión de la idea de “poder con todo”. Poseer una conformación psíquica narcisista le exige, casi continuamente, estar ubicado en el lugar del “ideal”.
Por lo tanto y para finalizar, una persona que trabaje con pacientes con elevado ideal del yo y con gran motivación, es proclive a padecer Burnout y, como hemos visto, cada persona que lo sufre está pagando un alto precio por su salud personal, también la de los pacientes, sus familiares o la institución para la que trabaja. En estas circunstancias, termina por pensar que aislar sus emociones y proporcionar un cuidado frío y mecánico al paciente, es todo lo que puede dar de sí, es cuando se da el proceso de quemadura interna llamada “enfermedad de la idealidad”.



‘La enfermedad de la idealidad’(N. y Gauleja, 1991) refinan la concepción del burnout y lo consideran una fruto de un enganche maligno entre el funcionamiento psíquico individual y el funcionamiento de las instituciones-organizaciones. Es decir, no acentúan la influencia de las víctimas en la aparición de la enfermedad sino apuntan al funcionamiento de las instituciones.”
Tomando esta definición podemos pensar en la relación entre el psiquismo individual, portador de su sistema de ideales, y la modalidad de las instituciones en las que se producen determinados abordajes profesionales.
Podemos considerar que cierto aspecto del ideal está logrado, por ejemplo: cuando un profesional –que trabaja apuntando a proveer alternativas de resolución a una problemática social determinada- es reconocido por su desempeño, efectuado con seriedad y capacidad, y tiene una remuneración acorde; así, lo deseado, ideal, y lo obtenido, real, podrían no entrar en tensión.
Por el contrario, cuando esto no se logra, o se logra sólo una pequeña parte, pensemos cómo puede sentirse el profesional ante la fuerte tensión entre lo deseado y la realidad de su quehacer profesional diario. Es el caso del profesional que trabaja seriamente en lo suyo, sin obtener reconocimiento institucional ni económico, en un clima laboral que produce un continuo desgaste ya sea por la falta de un espacio adecuado para trabajar cómodamente, por mala relación al interior del equipo, o por continuas presiones institucionales.