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jueves, 20 de mayo de 2021

Enseñar lo bonito, exhibir lo feo

Hemos normalizado que las redes sociales estén hechas para enseñarlos a gente guapa y joven hacer bailecitos y poses, que muestren sus bonitas casas, su ropa y zapatos de lujo, sus perritos de raza en bolsos de Vouitton y sus comidas de restaurantes exclusivos.

Nos parece estupendo este despliegue de lo bonito, de la vida de color de rosa, del lujo indecente y de la belleza por la belleza sin más. Hasta el punto de que esto es tendencia, con miles y millones de personas que siguen a estos influencers para ver lo bonito, lo agradable, lo inalcanzable, lo soñado, lo que jamás tendremos pero que soñamos poseer algún día. El voyeurismo del lujo y lo bueno, la contemplación acrítica y compulsiva de lo que se filtra (literal y metafóricamente) para que lo veamos perfecto y sin tacha. 

Eso nos parece bien, no nos parece indecente ni nos molesta. Pero si alguien en redes sociales muestra algo desagradable, algo feo, algo humano en definitiva, nos molesta. Incluso lo escabroso y lo sádico tiene éxito, se hace viral y se habla de ello. Pero de lo humano, de la tristeza, la normalidad, la enfermedad, no queremos saber nada. A menos que esté adecuadamente suavizado y edulcorado con frases motivacionales vacías de Mr Wonderful.



Nos gusta cotillear la vida de los ricos y bellos, colarnos en sus casas, imitar sus maquillajes y modelitos, pero huimos de lo que les pasa a nuestros grises semejantes que visten de mercadillo y viven en bloques de cemento. Es comprensible, necesitamos evadirnos. O quizá no sea una inofensiva evasión, sino una alienación, el deseo de desvincularnos de lo que somos, de nuestra realidad y de comprometernos con ella. No me enseñes niños con hambre, ni animales maltratados, ni gente deshauciada, ni gente en campos de refugiados, deja que me deslumbren la base de maquillaje de la cantante famosa y bella y los músculos del actor rico. Deja que no piense en las cosas que están mal en el mundo porque estoy cansado de luchar por lo mío. 

No me enseñes la realidad porque no estoy dispuesto a cambiarla, deja que me pierda en el ensueño narcotizante de lo que me gustaría que fuera.

Y por eso, lo bonito se enseña y "lo feo" se exhibe, de forma peyorativa.



jueves, 4 de marzo de 2021

El duelo y el más allá

 Solo existen dos medios para manejar el temor ancestral que siente el hombre ante la muerte: el enfrentamiento compartido de la muerte ajena (ritualizaciones del duelo), y la negacion o el olvido de la propia muerte” (Lamas Crego y Filgueira Bouza, 1998).



El duelo es la reacción de la psique ante la pérdida de una persona, animal, objeto o evento significativo. Se trata de una reacción principalmente emocional y de conducta en forma de sufrimiento y aflicción. La intensidad y la duración de este proceso y de sus correlatos serán proporcionales a la dimensión y al significado de la pérdida. 

Se ha observado que la visión que tiene el individuo de la muerte provoca distinto tipo de vivencia del duelo. Así por ejemplo, cuando el doliente tiene esperanza en una vida futura como el "cielo" en la religión cristiana, la experiencia negativa de la pérdida se mitiga, pudiendo incluso, ser motivo de alegría y celebración. 



Cada cultura tiene sus propios rituales que influencian la expresión del duelo. Realizar estas prácticas brinda un sentido de estabilidad y seguridad. La muerte está asociada con diferentes rituales y costumbres para ayudar en el proceso del duelo. También brindan maneras de que la comunidad ayude al doliente. La muerte puede generar un sentido de caos y confusión. Los rituales y las costumbres brindan un sentido de rutina y normalidad. Otorgan indicaciones que ayudan a estructurar el momento que rodea a la muerte. Además, indican los papeles de las personas para este momento. Estos ritos dan la oportunidad al doliente de hacer más real la pérdida y, por otro, cumplen una función social, permitiendo compartir el dolor

Las personas que no han tenido la oportunidad de estar presentes en el fallecimiento, y no han podido acudir al entierro o al funeral de la persona fallecida, sienten más complicado el proceso de aceptación. Es como si la mente necesitara ver y participar de esta experiencia para marcar el inicio del duelo. En la lucha por que todo se mantenga igual, necesitamos evidencias que, aunque son dolorosas, también son necesarias y nos permiten poner en marcha procesos. De lo contrario, la mente se aferra a fantasías de continuidad.

Cada cultura tiene sus creencias respecto al sentido de la vida y lo que sucede después de la muerte. Esto advierte cómo las personas en esas culturas abordan la muerte. Como se ha dicho anteriormente, este trance puede ser más tolerable para las personas que creen en la vida después de la muerte. En términos generales, las creencias sobre el sentido de la muerte ayudan a las personas a comprenderla y afrontar su misterio.




 Los seres humanos siempre han tenido la esperanza de que haya vida después de la muerte. Desde distintos puntos de vista (la religión, el esoterismo y la metafísica) esta existencia continua hipotética tiene lugar en un ámbito espiritual, mientras que en otros casos, el ser puede volver a nacer en este mundo y comenzar el ciclo de vida nuevamente, probablemente sin recordar lo que ha hecho en el pasado. En este último punto de vista, tales renacimientos y muertes pueden tener lugar una y otra vez continuamente hasta que ingrese en un reino espiritual u Otro Mundo.

Todas las civilizaciones, desde tiempos prehistóricos han dejado rastros de creencias en una existencia después de la muerte, cada una con su propia percepción de la inmortalidad, del espíritu, de la retribución de las almas y del sentido de la vida. Así, la creencia en la supervivencia del alma, tanto como el respeto por el difunto, están en el origen de múltiples ritos funerarios.

Muchas religiones, ya sea que crean en la existencia del alma en el otro mundo, como el cristianismo o el islamismo y otros muchos sistemas de creencias paganas o de reencarnación, como muchas formas de hinduismo y budismo, creen que el estado del ser en la vida después de la muerte es una recompensa o un castigo a su conducta durante la vida terrenal.



Por lo tanto, cuando una persona está doliente por la pérdida de un ser muy querido, es más proclive y vulnerable a creer en la vida más allá de la muerte, puesto que estas creencias dan consuelo y esperanza y hacen el trance más llevadero. Lo malo es que hay quienes se aprovechan de esta vulnerabilidad y esta necesidad profundamente humana de creer en algo en estos momentos. Gente que busca lucrarse económicamente a través de rituales religiosos, chamánicos, paranormales, etc... que si bien pueden en un momento de confusión y sugestionabilidad en el que el doliente se aferra a un clavo ardiendo proporcionar un cierto consuelo, no dejan de ser soluciones temporales, parches que no revierten la pérdida. También es cierto que los rituales del tipo que sea pueden favorecer y desbloquear el duelo y eso siempre es de agradecer. 


https://www.cancer.net/es/asimilaci%C3%B3n-con-c%C3%A1ncer/manejo-de-las-emociones/duelo-y-p%C3%A9rdida/entender-el-duelo-y-la-p%C3%A9rdida

https://www.fundacionmlc.org/las-despedidas-simbolicas/

http://lahojadepsicodrama.es/muerte-y-duelo-rituales-terapeuticos/

https://es.wikipedia.org/wiki/Vida_despu%C3%A9s_de_la_muerte

martes, 2 de marzo de 2021

El exceso de confianza da asco

 "Donde hay confianza, da asco"

Esta frase hecha se suele utilizar cuando el exceso de confianza entre dos o más personas hace que el comportamiento o respeto entre ellos se pierda. Se refiere a un comportamiento inadecuado causado por una familiaridad excesiva en el trato en un contexto particular, por ejemplo burlas y bromas sobre aspectos personales que no siempre tienen que ser bien recibidos ni aceptados por parte del otro.



Una de las acepciones de "confianza" se refiere, de forma diferente a lo que se ha tratado previamente en este blog, a la familiaridad en el trato entre las personas. Para la psicología social y la sociología, la confianza es un hipótesis que se realiza sobre la conducta futura del prójimo. La confianza supone una suspensión, al menos temporal, de la incertidumbre respecto a las acciones de los demás. Cuando alguien confía en el otro, cree que puede predecir sus acciones y comportamientos. La confianza, por lo tanto, simplifica las relaciones sociales. 

Por otro lado, también podemos designar como confianza el grado de familiaridad o llaneza que tenemos en el trato con alguien, bien sea por amistad o por parentesco, y que se basa en un afecto recíproco. Por extensión, se llama también confianza cierta forma de familiaridad o libertad que llega a ser excesiva, al punto de ser desagradable e inapropiada.



Hay situaciones sociales en las que el exceso de familiaridad es poco deseable y puede causar incluso malestar y rechazo. Esto puede darse hasta en las relaciones más cercanas, cuando el respeto se pierde y se llega a tratar al otro con ironía, sarcasmo o burlas que, aunque en un prinicipio pueden parecer apropiadas en el contexto, dejan de ser graciosas y agradables para una de las partes. Un abuso del trato de confianza por una de las partes en la relación puede acabar con la misma. 

Es cierto que la confianza, en un grado adecuado al contexto social, facilita las relaciones y las situaciones, pero si no es adecuada o no es compartida por todas las partes, resulta molesta y obstaculiza y hasta puede romper la relación. Cada relación entre dos personas o un grupo tiene sus pautas y sus límites y cuando estos se ven forzados sistemáticamente esta relación puede estar en peligro. 



En mi caso, al ser una persona en principio desconfiada, rehúyo por sistema de los excesos de confianza y de trato familiar. No es algo que sólo me ocurra a mí, en general todos los seres humanos debemos trabajar y cultivar esa confianza, puesto que estamos depositando muchas cosas en el destinatario de la misma, y no puede otorgar a la ligera  ni se puede mantener sin esfuerzo y un respeto a la persona y a la misma relación. 

Cuando alguien se toma muchas confianzas conmigo automáticamente me causa rechazo. Porque normalmente esas confianzas se traducen en indiscreción, peticiones (de favores sobre todo) inadecuadas, bromas molestas o una larvada falta de respeto disfrazada de relajada hilaridad (llegar tarde, entorpecer las actividades, risas extemporáneas, de nuevo burlas más o menos bienintencionadas...). Y a mí me gusta andar sobre terreno firme. Las bromitas y las gracias están para cuando tienen que estar, y los comentarios jocosos o irónicos también (si es que tiene que estar, que es otra cuestión). Así que para mí lo más importante es el respeto primero, y las risas después. 

Ocurre que en ciertas actividades grupales (laborales, familiares, deportivas, solidarias, etc...) a veces el grupo tiende a la familiaridad de forma efusiva y algo precipitada, como si el grupo se abandonase con una alegría casi orgiástica al jolgorio y el entusiasmo que proporcionan la sensación de cohesión y de  pertenencia al mismo. Al mismo tiempo que el grupo se abandona a la alegría de la cohesión, puede haber un chivo expiatorio que cargue con las culpas de los aspectos no funcionales del mismo. Esa suelo ser yo, por mi desconfianza y mis características individuales. Y normalmente suelo huir de ese grupo puesto que eso es lo que es más fácil para la supervivencia del mismo. 

Y no pasa nada, así son las cosas y al menos me doy cuenta de ellas aunque de momento no sepa cambiarlas. 


https://es.wikipedia.org/wiki/Confianza

https://www.significados.com/confianza/

https://www.ailmalaga.com/es/top-5-refranes-espanoles-sobre-la-amistad/#:~:text=Donde%20hay%20confianza%2C%20da%20asco,por%20el%20exceso%20de%20confianza.

martes, 19 de enero de 2021

Psicología del servilismo

 La noción de servilismo se asocia a lo servil: aquello propio de un siervo (un esclavo o alguien sometido). Una persona que acata órdenes sin realizar ningún tipo de reflexión o cuestionamiento por más que sean contrarias a sus deseos o intereses, o incluso si sus consecuencias son dañinas, está realizando un acto de servilismo. Hacer la pelota viene a ser lo mismo: el intentar agradar o adular a alguien para conseguir algún beneficio presente o futuro.



El servilismo se refiere a una tendencia desmedida a satisfacer a quien ocupa una posición de poder o se sitúa en un nivel superior en una escala jerárquica. El sujeto servil es lisonjero y no se atreve a expresar su punto de vista si es contrario al del poderoso ni se anima a defender los intereses de sus pares, aun poniendo en riesgo su integridad física, su moral y su ética y la de sus compañeros.

Es importante señalar que a grandes rasgos, las personas serviles, según Christopher Freiman (en su artículo “Why be inmoral?”, publicado en 2010), son aquellas que se caracterizan por ser individualistas y dispuestas a trasgredir la moral. Entre ellas podemos encontrar personas con muy bajo nivel intelectual y otros con gran inteligencia. Si nos adentramos desde el perfil psicológico, el servil sería una persona que tiene problemas en su autoestima e imagen, que probablemente ha tenido una historia marcada por el abuso y que tiene algún desajuste en su juicio de realidad e identidad del Yo, lo que manifiesta que estará dispuesto a lo que sea para satisfacer a su superior absoluto. Manifiestan en muchas ocasiones procesos de despersonalización lo que se manifiesta en acciones autoritarias, relaciones conflictivas y muchas veces centradas en prácticas marcadas por perjudicar a sus iguales.

Freiman afirma que los serviles inteligentes generalmente disponen todo para que su influencia sobre el poderoso no sea amenazada con la presencia de ideas y propuestas de otros. Hacen lo necesario para volver inaccesibles a sus "jefes" y lograr que toda comunicación con ellos pase por sus manos. 


Según la Sociología, las actitudes de complacencia de intereses del otro son condición para la cohesión grupal y/o colectiva. Sin embargo, la complacencia del otro olvidando el sí mismo (como es el caso del servil), son causa de la descomposición de los intereses y prioridades de un grupo y/o colectivo. 
En política se afirma que el servilismo es la principal motivación del autoritarismo y motor de la creación de relaciones conflictivas. Una persona servil se dedica a sobrevalorar las cualidades del poderoso y hacerlas valer aun sacrificando su integridad, o poniendo en riesgo la estabilidad del grupo o colectivo al que se pertenece.



Estudios de Psicología Política indican que las personas con comportamientos de servilismo son las más propensas al fanatismo. Su conducta, en representación del poderoso, es como si poseyera la verdad, tuviera todas las respuestas y no necesitara seguir buscándolas más allá del pensamiento de la persona con quien se es servil. En el contexto actual, se ha visto que las prácticas políticas y económicas, están siendo teñidas desde el servilismo y la corrupción, lo que en definitiva ha generado movimientos tecnócratas, serviles a los intereses de algunos por encima del de todos, buscando la satisfacción del modelo neoliberal, que va desmedro de lo social.




El sistema vertical y represivo es una parte más del sistema capitalista que no sobreviviría sin los esclavos felices e infelices, sin los sumisos, los alienados y los egoístas, dado que el sistema represivo juega un papel clave mediante la amenaza preventiva y la producción de miedo. Hoy en día constatamos que las democracias neoliberales ya no cumplen la función de limitar y regular al poder sino que, por el contrario, implican un retorno al absolutismo del “poder real”, encarnado actualmente por las corporaciones. Esta es producida por los medios de comunicación que instalan una cultura de masas.

La masa, modo social paradigmático tanto del nazismo como del neoliberalismo, constituye un dispositivo privilegiado para obtener la obediencia inconsciente. Por vía de la sugestión, la idealización, la fe ciega y la identificación la masa se somete inconscientemente al entramado de imposición, lo que lleva a reformular el carácter “voluntario” o consensuado de la servidumbre al poder exterior para situar en su lugar la obediencia inconsciente. No se trata de un consentimiento tácito, una aceptación resignada o pasividad ante la dominación, sino de un carácter compulsivo, activo y decidido de sumisión inconsciente.



El sujeto servil introyecta exigencias e imperativos ilimitados fundamentados en el empuje al consumo, que lo van conduciendo a una autoexplotación compulsiva. La obediencia inconsciente de la masa tiene como uno de sus fundamentos la ignorancia. Esto implica no querer escuchar, ver, ni saber y va de la mano de una promoción del narcisismo, una exacerbación de la imagen de sí cuya función es tapar la falta, promoviendo un individualismo descarnado que no se afecte por el lazo social. Encontramos con frecuencia creciente individuos que prefieren no saber, satisfaciéndose en la ignorancia y en la cobardía, el horror al saber en tanto podría conmocionar las creencias. Esta pasión por la ignorancia resulta funcional al capitalismo, constituyendo uno de los mayores obstáculos para transformar la posición del sujeto. Una subjetividad sometida al actual dispositivo del mercado, cruel e insaciable, creyéndose libre y ciudadana resulta en verdad una esclavitud en versión posmoderna.



Todo esto muestra la importancia de un análisis crítico del servilismo y la ignorancia impuestos. Una apuesta decidida y comprometida hacia una política de la fraternidad, la solidaridad, la preeminencia de la vida y el amor será el mejor antídoto contra la obediencia inconsciente, acrítica y sacrificial, nueva versión del servilismo en la época neoliberal.

En la vida es indispensable distinguir a los serviles, pues dificultan la actividad porque intentan a toda costa que la voluntad del poderoso sea la regla. Son los típicos compañeros de trabajo sin conciencia de clase, que van a lo suyo y que les parecen bien todas las ocurrencias absurdas del jefe inútil e inoperativo que sin doblar el lomo sólo exige más y más productividad sin mejorar las condiciones laborales. Esos pelotas que creen que van a heredar la empresa y que fiscalizan al compañero, que se chivan al jefe de las pequeñas disgresiones que los trabajadores se ven obligados a hacer para que la empresa y el trabajo no los asfixien. Hay que guardarse del servil, del pelota, porque aunque es un currito como los demás se siente protegido y de otra casta, se siente una prolongación del poderoso, intocable y vigilante. Y en todos los trabajos, grupos y comunidades hay unos cuantos. Son la gangrena que mata a la solidaridad y la conciencia de clase. Son los obreros que votan a la derecha.



https://definicion.de/servilismo/

https://lahora.gt/hemeroteca-lh/servilismo-y-autoestima/

https://www.elquintopoder.cl/politica/la-mirada-del-servil/

https://www.aporrea.org/actualidad/a259732.html

https://cronicon.net/wp/nueva-forma-del-servilismo-voluntario-la-obediencia-inconsciente/

lunes, 18 de enero de 2021

Lo difícil de ser vegetariana o vegana es la gente

Ser vegetariana o vegana no es un sacrificio, ni una moda ni una fase.

Es una forma de vivir con coherencia, con ética y con compasión. Compasión por los demás seres sintientes que habitan este planeta y que son explotados  y esclavizados brutalmente para que nosotros los animales humanos comamos sus cuerpos (carne, pescado) o sus productos (leche, huevos, cuero, etc...) innecesariamente. Y de paso, agotando los recursos del planeta, que ya está dando síntomas irrevocables de que está al borde del colapso.



Bueno, pues resulta que lo peor de ser una persona con conciencia es tener que aguantar los comentarios de mierda de la gente que sigue anteponiendo su paladar y su gula al sufrimiento de otros seres y al futuro del planeta. Nos tratan como a seres excéntricos e irracionales, con la condescendencia con que se trataría a un tonto o a un loco. 

El otro día se me dio una situación social en la que alguien enseñaba un jamón que le habían regalado. Para mí ver la pierna de un cerdo muerto es ver un trozo de cadáver descuartizado, la pata un animal que como un perro, un gato o un humano siente y padece y no merece morir. Me repugna y me horroriza de verdad, al igual que cuando paso por una carnicería o un pescadería y veo cadáveres o sus partes y huelo la muerte. Pues el regocijo y la alegría de todos los omnívoros ante el jamón me afectó, y sobre todo las bromas que hacían referencia al individuo muerto ("ese cerdo tuvo que estar bien a gusto", etc...) y dije finalmente que no me gustaba, que soy vegetariana (para qué decir vegana). 



Lo primero fue la incredulidad, "¿estás de broma o es en serio?" o sea, " no nos agues la fiesta que estamos aquí de coña hablando del jamón y de lo bueno que está y tú ahora sales con esas mierdas". Y entiendo las reticencias. Yo misma me mordí la lengua para no sacar el tema, por eso mismo, pero cuando ya el tema llegó a hacerme sentir mal decidí que no tenía por qué seguir callando para que los demás siguieran con sus bromas. 

Y tras la incredulidad llegaron las preguntas de mierda que todas conocemos: "¿y por qué?, ¿es más sano?, ¿y pescado comes?,  ¿y leche y huevos?, ¿y no lo echas de menos?, ¿y no te apetece un poco de jamón?", etc... Realmente las preguntas en sí no son tan molestas como el hecho inevitable de que no te dejen contestar ni razonar las respuestas. Son como un tiroteo a bocajarro, no dan tregua y no hay posibilidad de conciliación. Y acto seguido empiezan los comentarios despectivos y las bromas. Hay quien se calla y no dice nada, aunque sea por educación, y creo que es lo mínimo. Callarse y no juzgar o seguir con una broma que para mí es de mal gusto y cruel. La gente más osada e ignorante, los más insensibles, empiezan con los comentarios de tipo "pero si el tofu no sabe a nada", "donde esté una chuleta que se quite lo demás", "con lo bueno que está un quesito", etc... por no mencionar el cuestionamiento sobre tu estado de salud y tu buena nutrición.



La conclusión es que lamentablemente lo mejor es no decir nada para no aguantar tonterías, ir de tapadillo, como si estuvieras haciendo algo malo. Y cansa mucho. Pero cada vez somos más y no nos van a parar.


lunes, 28 de diciembre de 2020

Soy tóxica y poco compasiva

Muchas veces siento que soy una persona de esas tóxicas, de las que las webs de psicología positiva y los gurús del bienestar dicen que hay que huir. 
No soy una persona con vibraciones altas, sea lo que sea eso, ni soy un Moai, ni traigo luz a los demás seres ni irradio mi amor a todos los seres del universo. Soy más bien un ser humano bastante imperfecto, con luces y sombras, temores, dudas, inseguridades y dificultades para sentir compasión por mí misma y por ciertas personas. Incluso a veces me frustro y me enfado, maldigo y digo palabrotas. Tan tóxica soy que hasta a veces me cabreo con la gente porque hace cosas que me molestan en vez de sentir compasión y amor por ellos y por la humanidad compartida de la que somos parte. 



 Toda esta introducción es una sátira burda de en lo que se han convertido ciertas prácticas y disciplinas muy valiosas en su origen para el saber popular (mindfulness, filosofía budista, ciertas ramas de la psicología, etc...). Ya nos creemos gurús del crecimiento personal por haber leído un par de artículos y un libro o haber hecho un retiro de yoga. Ya sabemos el secreto de la felicidad y hemos alcanzado el Nirvana. Cuando en realidad no se trata de llegar a ser un ser de luz, un buda o un ser semidivino, sino de conocer y reconocer las fortalezas y debilidades propias que además compartimos con miles de millones de otros humanos que no son menos especiales y únicos que una misma. Lo difícil es predicar con el ejemplo o pasar de la teoría a la práctica.

Y creo que en este paso de lo que creemos que tenemos que ser a lo que somos en realidad es donde se nos van toda la fuerza, la luz, las vibraciones y los chakras. Y donde se ven las pocas ganas de cambiar de verdad de cada uno. 
Seguimos perdiéndonos en las expectativas. Discutimos a ver quién medita mejor y más tiempo, quién alcanza un trance o un estado concreto, nos comparamos con el otro y nos seguimos creyendo seres únicos y exclusivos con un sufrimiento que nadie puede entender. Es decir, nos perdemos en el individualismo y en el logro. No porque seamos peores seres humanos, tóxicos y carentes de compasión (bueno, algunos sí, todo hay que decirlo) sino porque vivimos en una sociedad imbuida del pensamiento occidental que nos ha grabado a fuego el individualismo, la necesidad de competir y de alcanzar metas. Y de sentirnos culpables si no somos lo suficientemente buenos. 




A mí, como humana de a pie de esta sociedad occidental, industrializada y postcapitalista, me cuesta mucho acordarme de esto. Intento ser compasiva y no dejarme llevar por mis reacciones, pero hay personas a las que no soy capaz de desear el bien y la felicidad. Y no porque yo sea peor persona, sino porque eso nos pasa a todos (recordemos: la humanidad compartida). La diferencia es que  yo me doy cuenta y al menos intento mejorar esa parte de mi ser. No sé si con mucho éxito, pero en eso estoy, en intentar ser mejor persona y en no sufrir inútilmente. 



jueves, 17 de diciembre de 2020

Baco, malito.

 Baco está muy enfermo. Nunca podría haber imaginado que antes de que se cumpliera un año de la muerte de Simba esto pudiera ocurrir. "Demasiada mala suerte", pensaba. "Baco está sano, fuerte, gordo, no puede pasarle nada. Es como la Mami, que tiene 17 años y nunca ha estado enferma". Eso me decía a mí misma mientras afrontaba la pérdida de Simba a lo largo de este fatídico 2020. Fatídico no solo por la pandemia, sino porque empezó con la pérdida de mi rubio tierno y acaba con la enfermedad de mi ojito derecho.

En lo más profundo de mi corazón tenía miedo a que la historia se pudiera repetir. Mientras iba reviviendo el avance de la enfermedad de Simba a lo largo de los últimos meses, un eco lejano reverberaba: "Baco tiene la misma edad que tenía Simba, puede repetirse la historia, ¡cuidado!".

Y te sientes tan sola y desamparada ante esto. Ante la verdad descarnada de la enfermedad y la sombra de la muerte. Nada te puede consolar ni aliviar. Realmente es algo que tienes que pasar sola, con él, porque por mucho que busques palabras de aliento nunca te llegan.

Todo esto evidencia que estamos solos, que nadie puede pararnos los golpes de la vida y que contra eso no podemos resistirnos ni luchar, sino aceptarlo con humildad y paciencia.

Por supuesto que hay gestos que llegan al alma, como las personas que ofrecen su tiempo y su esfuerzo y hasta su dinero en ayudar (mil gracias, Lorena, nunca podré compensarte) y las que muestran una preocupación y un interés genuino en el estado de Baco. Pero las horas robadas al sueño a su lado velándolo pendiente de que no vomite, de alimentarlo por la sonda y que lo tolere, de recogerlo de la clínica y no saber si te van a dar buenas o malas noticias, esas son para mí y no hay nada ni nadie que pueda librarme de pasar por ello. 

Sólo espero que remonte, que vuelva a comer, que me lo encuentre esperándome en casa cuando llego y que se acueste a mi lado a dormir como siempre ha hecho en estos 12 años. Y que dure lo que dure, que sea un tiempo de calidad para él.

Ponte bien.



lunes, 16 de noviembre de 2020

La charla banal

No a todo el mundo nos gustan las "conversaciones de café" o la charla banal, es decir, hablar del día a día, del tiempo, los amigos, de alguna anécdota o rumor con personas de nuestro entorno que tengan escasa importancia para nosotros (como vecinos, compañeros de trabajo, la persona que nos vende el pan, el familiar con el que no tenemos nada en común y que vemos una vez al año...). Para muchos es algo divertido y acentúa la complicidad. En el mundo anglosajón le dan mucha importancia a este tipo de encuentros dialécticos en los que se formulan preguntas retóricas con respuestas automáticas. Tanto es así que se han realizado diversos estudios para analizar en profundidad este peculiar fenómeno de interacción social que ellos llaman "small talk".



 Para algunos estas charlas nos resultan innecesarias, estúpidas o incómodas, mientras que otros parecen tener ese don de poder hablar de cualquier banalidad y mantener una cháchara insustancial sin límites con cualquiera. Lo cierto es que somos una especie social. Pasar el tiempo juntos en general nos hace más felices y crea una sensación de bienestar (de afiliación). Sin embargo, las conversaciones profundas donde se aborden seriamente los problemas y los sentimientos íntimos pueden contribuir más aún a nuestro bienestar. 

En realidad, las conversaciones triviales entendidas como un "olvidarse de los problemas" no siempre funcionan de forma tan eficaz como creemos, al menos no para todo el mundo. Hay personas a las que nos cuesta iniciar y mantener estas charlas ligeras, y hasta nos pueden resultar embarazosas y generarnos incomodidad y cierta sensación de estar fingiendo. Te sientes un poco impostora, forzando una sonrisa y un interés en algo y alguien que realmente no te interesa. Pero no se trata de que las personas más serias seamos malas personas o que no nos interesen los demás y sus vidas, sino que las charlas insutanciales nos dejan como una sensación de vacío y de desconexión. Parece que nos distancian más que acercarnos al otro y además suponen un esfuerzo.


 

Hablar con los demás implica socializar, y la socialización es un proceso que puede contribuir positivamente en nuestro bienestar. Pero el contenido de esas charlas también influye en el grado de bienestar que experimentaremos, por lo que la charla trivial no parece tan eficaz como la charla profunda. Las personas necesitamos encontrar sentido a nuestras vidas, y a través de tales conversaciones profundas podemos obtenerlo. De igual modo, las conversaciones profundas nos permiten conectar más íntimamente con los demás. Hablar del tiempo y de la tela del traje de flamenca está bien, pero lo que verdaderamente nos llena es hablar de sentimientos o de problemas íntimos.



Es lo que señalan los psicólogos Matthias Mehl (Arizona University) y Simine Vazire (Washington University at St. Louis) en un estudio publicado en Psychological Science en el que 79 participantes aceptaron llevar una grabadora durante 4 días a fin de registrar todas sus conversaciones cotidianas. Concretamente, el sistema de grabación (un EAR, Electronically Activated Recorder) funcionaba registrando lapsos de 30 segundos cada 12,5 minutos. Las grabaciones permitieron establecer cuánto tiempo se empleaba en actividades sociales, y también en el tipo de conversación que se mantenía. Tras clasificar las conversaciones entre profundas y triviales, se sometió a los 79 participantes a un cuestionario que evaluara su grado de felicidad. Los resultados mostraron una correlación positiva entre las puntuaciones de felicidad registradas en el cuestionario y el número de conversaciones profundas identificadas por los investigadores. En concreto, la persona más feliz según el cuestionario había mantenido un 46%, frente al 21% de conversaciones profundas de la persona menos feliz. Por el contrario, las conversaciones banales habían ocupado el 10% del tiempo de la persona más feliz frente al 30% del tiempo de la persona menos feliz.

Es decir, que para ser felices debemos pasar más tiempo conversando con los demás. Pero aún seremos más dichosos si dichas conversaciones no tienden a ser siempre meras fórmulas o diálogos ligeros e insustanciales que realmente no nos conectan con los demás.


https://definicion.de/banal/
https://www.xatakaciencia.com/psicologia/te-gusta-mantener-conversaciones-triviales-las-profundas-tambien-son-necesarias
https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2020-09-15/social-conversaciones-intrascendentes-small-talk_2747195/

viernes, 13 de noviembre de 2020

Autoindulgencia, autoestima y autocompasión

La definición de autocompasión o "self compassion" es tratarse a uno/a mismo/a con amabilidad, sin criticarse ni juzgarse por los errores. Por ejemplo, una persona que sufre en el presente por un error del pasado puede aprender bajo la luz de esta expresión de afecto que en aquel momento actuó del mejor modo que supo hacerlo a partir de sus propias circunstancias y de su etapa vital. El hacernos conscientes, en el momento presente, de que estamos luchando con sentimientos de inadecuación, desesperación, u otras emociones dolorosas nos permite responder con amabilidad y comprensión hacia nosotros mismos y hacia los demás. 



La autocompasión implica ser cálido y comprensivo hacia nosotros mismos cuando sufrimos, nos rechazan o nos sentimos inadecuados, en lugar de ignorar nuestro dolor o flagelarnos con la autocrítica. Cuando hay autocompasión reconocemos que el ser humano es imperfecto. Por tanto, va a ser inevitable experimentar dificultades en la vida, por lo que hemos de tender a ser amables con nosotros mismos cuando nos enfrentemos a experiencias dolorosas, en lugar de frustrarnos cuando la vida y los demás no están a la altura de los ideales establecidos. Cuando esta realidad se niega o se lucha en su contra, el sufrimiento aumenta en forma de estrés a través de la frustración y la autocrítica. Cuando esa realidad vital es aceptada con simpatía y amabilidad, se experimenta una mayor ecuanimidad emocional, lo que lleva a un menor sufrimiento.

 

La frustración por no tener las cosas exactamente como queremos suele ir acompañada de un sentimiento irracional de aislamiento, como si "yo" fuera la única persona que sufriera o cometiera errores. Sin embargo, todos los seres humanos sufren. La propia definición de ser "humano" significa que uno es mortal, vulnerable e imperfecto. Por lo tanto, la autocompasión implica reconocer que el sufrimiento y la inadecuación personal es parte de la experiencia de humanidad compartida: “algo que todos pasamos” en lugar de ser algo que sólo me pasa a "mí". También significa reconocer que los pensamientos, sentimientos y acciones se ven afectadas por factores "externos", como la crianza, la cultura, las condiciones genéticas y ambientales, así como el comportamiento y las expectativas de los demás. Thich Nhat Hahn llama a esa intrincada red de causa y efecto recíproco en el que todos estamos involucrados: "inter-ser."


La autocompasión también se deriva de la voluntad de observar nuestros pensamientos y emociones negativas con franqueza y claridad, de modo que se mantengan en la conciencia. La atención plena (mindfulness) es un estado mental no-crítico, receptivo en el que se observan los pensamientos y sentimientos tal como son, sin tratar de suprimirlos o negarlos. 

 



La autoindulgencia es el sentimiento de pena hacia uno mismo que experimenta un individuo en situaciones percibidas como adversas cuando dicha situación no ha sido aceptada y no se tiene la confianza o la habilidad para adaptarse a ella. Es un sentimiento asociado al autoconsuelo, que tiene un importante papel en las relaciones humanas y puede abarcar desde un comportamiento breve, ocasional y transitorio hasta un trastorno de personalidad que se expresa sin una provocación externa o a consecuencia de percepciones distorsionadas de la realidad, que provoca sufrimiento a uno mismo y a los que le rodean. El individuo autoindulgente cree ser víctima de una situación negativa y por tanto merecer condolencia. La autoindulgencia es, de forma general, considerada un sentimiento negativo que no sirve de ayuda para tratar con situaciones adversas; sin embargo, en un contexto social puede dar lugar a despertar simpatía o consejo. 

Cuando las personas sienten lástima de sí mismas, se ven inmersas en sus propios problemas y se olvidan que los demás tienen problemas similares. No hacen caso de sus interconexiones con otras personas, y creen que son los únicos en el mundo que están sufriendo (olvidan la humanidad compartida y el interser). La pena y la lástima ponen de relieve que existen sentimientos egocéntricos de separación de los demás, que exageran la magnitud del sufrimiento personal. Sin embargo, la autocompasión le permite a uno ver las experiencias relacionadas con el “yo y el otro” sin tales sentimientos de aislamiento y desconexión.



A pesar de que la autocompasión puede parecer similar a la autoestima, son diferentes en muchos aspectos. La autoestima se refiere a nuestro sentido de auto-valía o valor percibido. En la cultura actual, la autoestima se basa a menudo en lo diferentes que somos de los demás, lo mucho que destacamos o lo especiales que somos (totalmente lo opuesto a la humanidad compartida). En nuestra sociedad no está bien ser "normal", sino que tenemos que sentirnos por encima de la media para estar bien con nosotros mismos. Esto significa que los intentos de elevar la autoestima pueden provocar comportamientos narcisistas, egocéntricos, o nos pueden llevar a despreciar a otras personas para hacernos sentir mejor con nosotros mismos. También tendemos a enojarnos y ser agresivos hacia los que han dicho o hecho algo que potencialmente nos hace sentirnos mal con nosotros mismos. La necesidad de una alta autoestima puede animarnos a ignorar, distorsionar u ocultar los defectos personales de modo que no podemos ver con claridad y precisión. Por último, nuestra autoestima a menudo depende de si tenemos éxito o fracasamos, lo que significa que nuestra autoestima fluctúa en función de circunstancias siempre cambiantes.



En contraste con la autoestima, la autocompasión no se basa en la autoevaluación. La gente siente compasión por sí misma, porque todos los seres humanos merecen compasión y comprensión, no porque posean un conjunto particular de características (belleza, riqueza, etc.). Esto significa que con la autocompasión no tenemos que sentirnos superiores a los demás para estar bien con nosotros mismos. La autocompasión también permite una mayor auto-claridad, porque las faltas personales pueden ser reconocidas con amabilidad y no es necesario ocultarlas. Por otra parte, la autocompasión no depende de circunstancias externas, sino que siempre está disponible (especialmente cuando uno se siente muy abatido). Las investigaciones indican que, en comparación con la autoestima, la autocompasión se asocia con una mayor capacidad de recuperación emocional, con autoconceptos más precisos, con comportamientos de relación más solidarios, así como con un menor narcisismo y con menor ira reactiva.

Dedicado a mi maestra, Pilar Ariza



Fuentes:

https://es.wikipedia.org/wiki/Autocompasi%C3%B3n

https://www.iepp.es/autocompasion/

https://msc.mindfulness.global/autocompasion/

https://www.mindfulnessyautocompasion.com/autoestima-vs-autocompasion

viernes, 6 de noviembre de 2020

Días de "trema" o humor delirante.

Estos días de pandemia y miedo al contagio y al confinamiento se nota en el ambiente una tensión extraña, la sensación de que hay algo en el aire que no se sabe qué es, como que hay una influencia o alteración que todo lo penetra. No se sabe qué es lo que sucede,  parece que nos pueden estar ocultando algo. Hay mucha inseguridad. Miedo a lo desconocido. 

Ayer por la tarde salí a la calle y sentí exactamente todo esto, un aura de extrañeza y tensión. Apenas había gente y todos estaban muy callados y como expectantes. El  miedo a que nos confinen, a que el que nos pasa por el lado nos transmita una enfermedad grave, vernos con las caras tapadas por la mascarilla y sin poder hacer las cosas que hasta hace unos meses dábamos por normales y cotidianas. Todo lo pude sentir y enseguida me acordé del concepto de "trema". 

Klaus Conrad fue un psiquiatra alemán que pudo describir con gran precisión distintas fases de la Esquizofrenia. En su obra "La Esquizofrenia Incipiente" (1958) describe 5 fases en el desarrollo de la psicosis: trema, apofanía, anastrofé, apocalipsis y residuo. Estas fases pudieron ser vistas en soldados alemanes que siendo jóvenes fueron desbordados por la tensión de la Segunda Guerra Mundial y él los atendía en la retaguardia.



"Trema" en un término que se emplea en teatro para referirse a la sensación de tensión que se experimenta antes de salir a escena y que los actores presumen siempre de nunca perder.  Es un sentimiento de presión, emoción intensificada, agobio o angustia que sienten los actores usualmente el día del estreno.  El trema a su vez se caracteriza por un humor delirante, un sentimiento de inminencia, de “no saber qué”y ciertas características de la experiencia que aluden al sujeto pero sin que el paciente entienda su sentido. La perplejidad es el sentimiento predominante, así como ciertas extravagancias en la conducta que en el entorno militar suelen entenderse como faltas de disciplina.



En esta etapa del desarrollo de la psicosis está en cuestionamiento "nada más ni nada menos que la propia existencia" (Conrad pág. 33). Esta experiencia de lo inminente y a la vez desconocido, ha sido llamada por Conrad humor delirante (Wahnstimmung). Este estado de ánimo puede aparecer en forma de distimia triste, angustiosa, en forma de inquietud tensa y con menos frecuencia como euforia. En este estado de ánimo se originan las vivencias de vaga significación y las vivencias de lo puesto, que más tarde darán lugar a las percepciones delirantes, y los presentimientos y las oscuras sospechas, que más tarde darán lugar a las inspiraciones delirantes. 



Vivimos días de trema a nivel social. Somos una sociedad predelirante, expectante y temorosa, con sospechas de que cosas malas o inusuales están ocurriendo o por ocurrir y de que incluso nos están ocultando cosas, como que el gobierno nos quiere controlar o engañar. Esperemos que no avancemos en el cuadro delirante y seamos capaces de tomar contacto con la realidad, afrontarla sin dejarnos llevar por los paranoicos/conspiranoicos y volver a nuestra neurosis colectiva que tanto echamos de menos.



https://es.wikipedia.org/wiki/Esquizofrenia_incipiente

https://pacotraver.wordpress.com/2011/10/13/la-esquizofrenia-incipiente/

https://psiquiatria.com/glosario/humor-delirante

jueves, 29 de octubre de 2020

Humanidad compartida: qué es y en qué nos ayuda

 "Un ser humano forma parte de un todo al que llamamos “universo”, una parte limitada en el tiempo y en el espacio. Se experimenta a sí mismo, sus pensamientos y sentimientos, como algo separado del resto; algo así como una ilusión óptica de su conciencia. Esta falsa ilusión es para nosotros como una prisión que nos restringe a nuestros deseos personales y al afecto que profesamos hacia las pocas personas que nos rodean. Nuestra tarea deber ser liberarnos de esta cárcel ampliando nuestro círculo de compasión para abarcar a todas las criaturas vivas y al conjunto de la naturaleza en toda su belleza"Albert Einstein.



 El concepto de "Humanidad compartida" implica tomar conciencia de que el sufrimiento que experimentamos nosotros lo están experimentando milllones de personas en este momento, y lo han experimentado en el pasado y lo experimentarán en el futuro otras muchas personas, porque cualquier tipo de sufrimiento que estemos experimentando es consustancial con la naturaleza humana. Ser conscientes de esto nos permite desarrollar un sentimiento de ecuanimidad frente al sufrimiento. Lo contrario de la humanidad compartida es el aislamiento, es decir, ensimismarse en lo que nos ocurre creyendo erróneamente que nuestra situación es única. Y esto nos lleva, necesariamente, a la culpa y/o la vergüenza y por tanto al aumento del sufrimiento.

La frustración por que las cosas no sean como queremos suele ir acompañada de un sentimiento irracional de aislamiento, como si "yo" fuera la única persona que sufriera o cometiera errores. Sin embargo, todos los seres humanos sufren. La propia definición de ser "humano" significa que uno es mortal, vulnerable e imperfecto. La autocompasión implica reconocer que el sufrimiento y la inadecuación personal es parte de la experiencia de humanidad compartida: “algo que todos pasamos” en lugar de ser algo que sólo me pasa a "mí". También significa reconocer que los pensamientos, sentimientos y acciones se ven afectadas por factores "externos", como la crianza, la cultura, las condiciones genéticas y ambientales, etc, así como el comportamiento y las expectativas de los demás. Al reconocer nuestra interdependencia esencial, los fracasos y dificultades de la vida no tienen que ser tomados como algo personal, sino que se pueden reconocer y admitir sin prejuicios, con compasión y comprensión.



En El corazón del altruismo, la científica social Kristen Renwick Monroe recupera una serie de entrevistas que realizó a rescatadores de judíos en la Europa ocupada por los nazis, sobre todo en Holanda y Dinamarca a principios de los años cuarenta. Luego de un largo análisis de estas entrevistas, Monroe concluyó que el factor que unía a todos estos rescatadores no era la religión ni estándares éticos sino lo que Monroe llama su “percepción de humanidad compartida”. Ella entiende esto como un reflejo de “una manera diferente de ver el mundo y a uno mismo en relación con los otros”; en esa visión, todas las personas del planeta se perciben conectadas por una humanidad común, una actitud que el Dalai Lama caracteriza a menudo como el reconocimiento de la “unidad de la humanidad”. Este tema del trabajo de Monroe coincide con un importante hallazgo del pensamiento budista: Lo que facilita el surgimiento de la preocupación empática por los otros es un sentido de conexión que sentimos con los otros. Las implicaciones son radicales: si aprendemos a relacionarnos con los otros desde la perspectiva de nuestra humanidad compartida, podemos extender nuestra preocupación empática a los extraños e incluso a aquellos con quieres se nos dificulta relacionarnos.

La práctica de la meditación sobre la compasión derivada del budismo utiliza frases como: “exactamente como yo, los otros desean ser felices y superar el sufrimiento”, casi a manera de un mantra. Por ello, en el entrenamiento de la compasión existe un paso llamado “aceptar nuestra humanidad compartida”, en el que exploramos la verdad fundamental de que, exactamente como yo, otras personas desean la felicidad y no quieren sufrir. Y exactamente como yo, los otros tienen el derecho de buscar esta aspiración fundamental.  Al iniciar en la práctica de Mindfulness, nuestro sistema de cuidado en el cerebro va activándose, de manera que podemos ser capaces de dar soporte y nutrición, compasión, ternura, apoyo y aceptación a nosotros mismos y a los demás. Cultivar este sistema es un paso evolutivo muy importante. Nuestro cerebro evoluciona hacia la felicidad, no solamente hacia la supervivencia. Nos permite reconocer nuestro propio sufrimiento y el de los demás y ponernos en acción por el deseo genuino de que sea aliviado. Nos permite ampliar nuestro trato bondadoso más allá de los límites de nuestra progenie y reconocer las necesidades de supervivencia y felicidad de los demás seres humanos (y otros seres vivos). A esto le llamamos “humanidad compartida”.




La con­ciencia de nuestra propia falibilidad nos puede ayudar a detenernos un momento antes de juzgar automáticamente a los demás y a intentar comprender mejor su situación y sus motivaciones, desde la perspec­tiva de la humanidad compartida. Si los juzgamos demasiado rápido desde una supuesta superioridad moral, corremos el riesgo de caer en la arrogancia y la cerrazón mental. En cambio, al reconocer nuestras pro­pias imperfecciones y aprender a relacionarnos con ellas con amabili­dad y  humor, podemos ser más humildes y cálidos en nuestras relaciones con aquellos que nos rodean.

Los psicólogos sociales hablan incluso del «error de atribución fundamental», un sesgo que nos lleva a atri­buir el comportamiento de los demás a sus disposiciones persona­les en vez de pensar en sus circunstancias. La idea de suspender los juicios apresurados y ofrecer el benefi­cio de la duda en vez de precipitarnos a sacar conclusiones no significa que debamos ser ciegos ni ingenuos ante las acciones ofensivas de los demás. Volviendo al lenguaje de la Comunicación No Violenta (Ro­senberg, 2003), podemos aprender a percibir las acciones inhábiles (aquellas que provocan sufrimiento) como «expresiones trágicas de necesidades insatisfechas»

Toda acción se puede entender como el intento de satisfacer alguna necesidad. La estrategia para satisfacer esa necesidad puede ser acertada o no, pero la necesidad en sí misma merece reconocimiento y respeto. Esta perspectiva evita confundir a la persona con sus actos, lo cual significa que nos podemos oponer con fuerza a una acción sin por ello abandonar nuestra capacidad de empatizar con esa persona. Al reflexionar sobre aquello que más necesitamos cuando su­frimos, podemos ser conscientes de lo que otros puedan necesitar cuando son ellos quienes sufren. Es evidente que la simple proyec­ción de nuestras necesidades en los demás no necesariamente les va a ayudar, por lo que se debe complementar la perspectiva de la huma­nidad compartida con la precisión empática, es decir, la capacidad de percibir exactamente los sentimientos y las necesidades de la otra persona.



https://www.institutocultivo.com/cultivo-de-la-compasion/humanidadcompartida/

http://lotomindfulness.com/humanidad-compartida

https://emocionespositivas.com/2019/01/22/humanidad-compartida/

https://cultivarlamente.com/soltando-nuestros-juicios-la-humanidad-compartida-y-la-percepcion-compasiva/

https://msc.mindfulness.global/autocompasion/tres-componentes-de-la-autocompasion/